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ESPIRITISMO / Quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy….es sólo el principio

La Dificultad del Perdón

Ilustración de la conferencia la Dificultad del Perdón

La Dificultad del Perdón

La Dificultad del Perdón es el complemento de una conferencia anterior en la que tratábamos también la cuestión del perdón. Es por esta razón que nos saltaremos algunas cuestiones ya referidas en ese otro trabajo y enfocaremos el tema directamente objetivando una visión más profunda si cabe del perdón.

Para algunas personas basta escuchar la palabra perdón y la respuesta es inmediata. ¿Estás bromeando?, o ¡No, nunca! No después de lo que me hizo.

Incluso a veces la sola idea de perdonar a alguien puede resultar en sentimientos de rabia y furia más intensos.

Pero si meditamos con calma durante unos minutos en las emociones que la sugestión de perdonar a alguien nos despierta, si permitimos que venga a nuestra mente, aquel que nos hizo sufrir, ¿Qué pensamos realmente sobre perdonar a esta persona? ¿Qué significa para nosotros y qué tendríamos que hacer para perdonarla?

Las creencias sobre el perdón abren o cierran caminos para nosotros, determinan nuestra disposición para perdonar y consecuentemente influencian profundamente el tono emocional de nuestra vida.

La razón más obvia para perdonar es aliviarnos de los efectos debilitantes del rencor y del resentimiento crónicos. Son esas emociones que de manera más obvia, hacen del perdón tanto un desafío como una posibilidad inestimable para cualquier persona que desee la Paz.

La rabia y el resentimiento son emociones poderosas que consumen nuestras energías.

El perdón es una decisión, una elección, una actitud, un proceso y un modo de vida. Es algo que ofrecemos a los otros y a veces es algo que aceptamos.

Perdonar es una decisión de ver más allá de la personalidad. Es una decisión de ver más allá de los miedos, idiosincrasias, neurosis y errores, de ver una esencia pura, no condicionada por nuestra historia personal y que posee un potencial ilimitado que siempre merece respeto y amor.

Perdonar es una elección de “ver la luz en lugar de la pantalla”, dijo el Dr. Gerald Jampolsky, autor de muchos libros sobre el perdón. En realidad cuando perdonamos podemos ver la pantalla, pero la vemos en el contacto de la luz que ilumina a cada uno de nosotros.

Perdonar es una actitud que implica estar dispuesto a ser responsable por nuestras percepciones, comprendiendo que las percepciones son una elección y no un hecho objetivo.

Perdonar es una actitud que favorece mirar a una persona que podíamos haber juzgado automáticamente y que ella es algo más que eso horrible o insensible que nosotros vemos.

Si alguien nos reprende o actúa irrespetuosamente, nuestra reacción condicionada puede ser de sentirnos heridos, amenazados: ¿Cómo ha podido decir esto de mí? ¿Cómo se atreve a gritarme?

Perdonar es un proceso que requiere el cambio de nuestras percepciones repetidas veces, raramente ocurre una vez.

Nuestra visión habitual se oscurece por nuestros juicios y percepciones de el pasado sobre nuestro presente.

Cuando eso ocurre somos fácilmente engañados por las apariencias externas.

En los últimos años, las investigaciones médicas muestran cada vez más, que la rabia, el resentimiento, la vergüenza y las culpas crónicas están significativamente relacionadas con el colapso físico.

También hay un buen número de pruebas científicas, principalmente de una nueva disciplina, llamada psiconeuroinmunología, de que la paz del espíritu, la alegría, el optimismo, y el amor se traducen en respuestas bioquímicas mensurables, medibles que activan un sistema de cura innato dentro del cuerpo. Esos sentimientos positivos siempre generan salud emocional y muchas veces también estimulan la cura de los síntomas físicos.

El Dr. Deepack Chopra autor del libro: Cura Cuántica, explica: “Cuando pensamos estamos practicando química cerebral… No hay un pensamiento torcido sin una molécula torcida. El resentimiento y la hostilidad crónica, la culpa enfermiza, la vergüenza, son pensamientos retorcidos que producen estrés fisiológico.

Hay un círculo de retroalimentación dentro del cuerpo, que va de los pensamientos y percepciones hasta los sentimientos y emociones.

La falta de perdón también afecta a nuestro sistema inmunológico.

Un sistema inmunológico debilitado puede afectar nuestra vulnerabilidad a gripes y resfriados, también puede contribuir para enfermedades autoinmunes, como artritis reumatoide y lupus.

Nos dice Allan Kardec en el Código penal de la vida futura.

            “No hay una sola imperfección del alma que no lleve consigo sus consecuencias molestas e inevitables, ni buena cualidad que no sea origen de un goce.”

La suma de penas es, de este modo, proporcional a la suma de imperfecciones, de la misma manera que la suma de goces está en razón de la suma de buenas cualidades.

El alma que tiene, por ejemplo, diez imperfecciones, sufre más que la que tiene tan sólo tres o cuatro. Cuando de estas diez imperfecciones no le quede más que la cuarta parte o la mitad, sufrirá menos. Y cuando no le quede ninguna ya no sufrirá y será enteramente dichosa. Así sucede en la Tierra con aquel que, teniendo muchas enfermedades, sufre más que el que no tiene más que una o el que no tiene ninguna. Por la misma razón, el alma que posee diez cualidades tiene más goces que la que posee menos.

Vemos hasta aquí que la carencia del perdón nos conlleva no sólo la pérdida de nuestra paz y de nuestra libertad, también tiene una relación directa con nuestro malestar físico.

La psicología, el autoconocimiento fuera del espiritismo está llegando a las conclusiones que Jesucristo ya anunciaba con sencillez y rotundidad.

 Porque si perdonareis a los hombres sus pecados os perdonará también vuestro Padre celestial vuestros pecados. -Mas si no perdonareis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados.

 Por tanto, si tu hermano pecare contra ti, vé, y corrígele entre ti y él solo.

Si te oyere, ganado habrás a tu hermano. – Entonces, Pedro, llegándose a El, dijo:

¿Señor, cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le perdonaré? ¿Hasta siete

veces – Jesús le dice: No te digo hasta siete, si no hasta setenta veces siete veces.

Jesús relacionaba en varias oportunidades la enfermedad con el pecado, como cuando tras las curaciones anunciaba, ve y no peques más; o… tus pecados han sido perdonados.

Pero como espíritas tenemos una razón fundamental para perdonar y es que todo nuestro conocimiento se resume en una palabra, Caridad.

La pregunta 886 de El libro de los Espíritus nos dice:

¿Cuál es el verdadero sentido de la palabra caridad tal como la entendía Jesús?

«Benevolencia para con todos, indulgencia con las imperfecciones de los otros, perdón de las ofensas».

Perdonar de una forma innata o refleja es propia únicamente de los espíritus con cierto grado de evolución, una evolución que la mayoría no tenemos. Sin embargo no podemos concebir a un espírita que no es capaz de perdonar a un hermano. Por lo que tenemos un gran reto cada uno de nosotros para conquistar esta virtud, para trabajarnos esta virtud, para conquistar esta tendencia que ahora es hacia el rencor y que mañana, en esta u otra vida será de forma innata hacia el amor. Entranto tenemos grandes herramientas en nuestras manos: el conocimiento, la oración, la comprensión, sentir que los otros seres aún ignorantes de lo que nosotros sabemos, dignos de nuestra comprensión, son nuestros hermanos que “no saben lo que hacen”. Es el pago a nuestros errores del ayer, son los ejercicios que la vida nos presenta para superar con éxito esta encarnación.

La pregunta 912 de El Libro de los Espíritus nos dice:

¿Cuál es el medio más eficaz para combatir el predominio de la naturaleza corpórea?

-Hacer renuncia de sí mismo.

Comunicación ofrecida en el grupo Meimei a través de Chico Xavier.

Amigos mios:

Rindamos gracias a Nuestro Padre Celestial, guardando buena voluntad para con los hombres, nuestros hermanos.

Como otras veces, nos encontramos juntos en el santuario de la oración…

Nuestra visita, con todo, no tiene otro objetivo que no sea colaborar en la renovación íntima que nos es indispensable, con el fin de que no estemos malbaratando los recursos de la fe y los favores del tiempo.

Al volver a vosotros, dirigimos asimismo nuestro mensaje a todos los compañeros que nos escuchan fuera de la carne, huérfanos de luz, tras la huella de la propia transformación con el Divino Maestro, porque solamente en Cristo es posible trazar el verdadero camino de redención.

Aprendamos a ceder, recogiendo con Jesús la lección de la renuncia, como ciencia divina de paz.

Constantemente nuestra palabra alude a la caridad y admitimos que caridad sea apenas desprender los superfluos valores materiales de nuestra vida.

Entretanto, la mayor caridad sería siempre la de la propia renuncia, que sepa ceder de sí misma para que la libertad, la alegría, la confianza, el optimismo y la fe en el prójimo no sufran perjuicio de ninguna procedencia.

Como ejercicio incesante de autoperfeccionamiento, es imperioso ceder diariamente en nuestras opiniones, en nuestros puntos de vista, en nuestros preconceptos y en nuestros hábitos, si pretendemos realmente asimilar con Jesús nuestra reforma en el Evangelio.

Toda la naturaleza es una escuela en ese sentido.

Cediendo de sí misma, convierte la madera bruta en muebles de alto valor.

Renunciando a los placeres de la juventud, el hombre y la mujer obtienen del Señor la gracia del hogar, a favor de los hijos a los que transmiten el mensaje de amor y confianza en el futuro.

Consumiendo su propia energía el Sol mantiene a la Tierra y nos sustenta la vida con sus rayos.

¡Meditar la realidad, principalmente vosotros que ya os despojasteis del envoltorio físico! ¡Cultivemos la renuncia a las posesiones y afectos de la retaguardia humana, para que la muerte se nos presente como vida imperecedera, desvelándonos nueva luz!

Todos los días nace el esplendor solar en la experiencia del hombre, incitándolo a perfeccionarse por dentro, para el olvido de los viejos fardos de las impresiones negativas que tantas veces se nos cristalizan en la mente, esclavizándonos a la ilusión.

Y porque vivimos desprevenidos gastando en las oportunidades de servicio, obtenidas en el mundo, con el cuerpo denso, somos sorprendidos por la transición del túmulo, como pájaros enjaulados entre las rejas del propio pensamiento.

Es necesario olvidar para revivir.

¡Es imprescindible el desapego de todos los bienes precarios del pasaje carnal de lucha, para que el fuego de las pasiones no nos arrastren a las calamidades del espíritu, por las cuales se nos paraliza el ansia de progreso, en siglos de reparaciones!.

No hay liberación de la conciencia cuando la conciencia no se libera.

¡No hay cura para las dolencias de nuestra alma, cuando nuestra alma no se rinde ante el impositivo de recuperarse a sí misma!…

Sabemos así ejercer la dulce caridad de comprender a las criaturas que nos rodean. No sólo entendiéndolas, más también amparándolas en el desprendimiento de los deseos, percibiendo que el bien del prójimo antes que nada, es nuestro propio bien.

Recordemos que las Leyes del Señor, se manifiestan con voz potente, en las trompetas del tiempo, asignando a cada cosa su función y a cada espíritu el lugar que le es propio.

De ese modo no nos adelantemos a los Designios Celestes, pero aprendamos a ceder, en la convicción de que la justicia es siempre la armonía perfecta.

Atentos al culto del sacrificio personal bajo las normas de Cristo, pidámosle a Él coraje para usar el silencio y la bondad, la paciencia y el perdón incondicional, en el trabajo regenerador de nosotros mismos, pero a la vez no podemos dispensar la energía y al firmeza para aficionarnos a semejantes virtudes que en tantas ocasiones repuntan entusiasmadamente de nuestra boca cuando nuestro corazón se encuentra lejos de ellas.

Irradiemos los recursos del amor a través de aquellos que se nos crucen en la senda, para que nuestra actitud se convierta en el testimonio de Cristo, distribuyendo a los otros consuelo y esperanza, serenidad y fe.

Imitemos a la humilde semilla transformándose en la tierra, aparentemente desamparada, aprendiendo con ella a desintegrar las ilusiones pesadas y oscuras que nos constriñen la individualidad eterna, con el fin de que nuestro espíritu se abra en el suelo sagrado de la vida, con nuevas expresiones de entendimiento y trabajo.

Para eso no desdeñemos el renunciar.

Y supliquemos al Eterno Benefactor nos ayude a plasmar la Doctrina de Luz en nuestras propias vidas, para que nuestra presencia, donde quiera que estemos, sea siempre una fuente de confortamiento y esperanza, servicio y benevolencia, realzando para aquellos que nos rodean el bendito nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

Bezerra de Menezes

Si antes decíamos que la investigación muestra conexiones entre el perdón y la salud física y mental. Mientras que esto puede llegar a sorprender a algunos científicos seculares, el psicólogo Dan Shoultz dice que Dios ha creado la necesidad de dar y recibir como una parte importante de nuestra composición como seres humanos.

“Fuimos diseñados por Dios para no retener la ira, la venganza, la amargura, y el resentimiento,” dice Shoultz. “Cuando lo hacemos, es destructivo para nuestro ser, y nos guía a un quebrantamiento lento e insidioso de todo el sistema.” Debido a esta realidad, él dice que la falta de perdón y sus consecuencias psicológicas de hostilidad y amargura pueden poner a la gente en riesgo de una enfermedad mental como la depresión y la ansiedad — sin dejar de mencionar los desórdenes del estrés y las enfermedades físicas relacionadas.

Un pequeño pero creciente grupo de evidencias también sugiere que el perdón — particularmente por agravios severos— desempeña un papel en disminuir la depresión y la ansiedad dice Michael McCullough, director de investigación en el Instituto Nacional de Investigación de Cuidados de la Salud. También el perdón ha sido relacionado con los pequeños aumentos de la propia estima. Reforzado por la evidencia de que la venganza podría acarrear graves riesgos de salud física, más científicos están dando una mirada seria al perdón y cómo impacta en las personas, dice McCullough.

Carl Thoresen, un profesor de educación, psicología y psiquiatría en la Universidad de Stanford, ha estudiado los factores psicosociales conectados con problemas cardiovasculares durante más de 20 años. Actualmente, como parte de su enfoque en la espiritualidad y la salud está diseñando y conduciendo proyectos de investigación que comprenden seminarios para aprender a perdonar.

Los resultados preliminares parecen prometedores con medidas que se toman de los cambios en depresión, ansiedad, estrés, y otros síntomas físicos, tales como la presión arterial y el pulso, antes y después de enseñarlos a perdonar tanto como varias semanas más tarde.

Thoresen cree que la educación para perdonar usada en actividades como manejo del estrés y resolución de conflictos, puede abrir el potencial extraordinario que la gente tiene para resolver los agravios y las ofensas.

Preg. 887 de El Libro de los Espíritus:

Jesús dijo también: Amad a vuestros enemigos. Y el amor a nuestros enemigos, ¿no es contrario a nuestras naturales tendencias, y no proviene la enemistad de falta de simpatía entre los espíritus?

«Es indudable que no se puede tener a los enemigos un amor tierno y apasionado, y no quiso decir esto. Amar a los enemigos es perdonarles y devolverles bien por mal. Así se hace superior a ellos, al paso que con la venganza se hace inferior».

Según la psicología los sentimientos y emociones no son ni buenos ni malos, es su instalación dentro de nosotros que cualquier “alimento” bueno o malo puede llegar a la putrefacción. Si nos aferramos a un sentimiento de rencor él tarde o temprano se hará dueño de nosotros y nos hará perder la libertad. Si alguien nos hizo algo malo, y nosotros no perdonamos estaremos dejando que ese daño no tenga fin.

Tenemos un gran desconocimiento de nosotros mismos.

Como aquel que llega al médico y le dice:

-Doctor no se que me pasa.

-Pues precisamente es eso lo que le pasa.

En la pregunta 919 de El Libro de los Espíritus está la clave:

¿Cuál es el medio práctico más eficaz para mejorarse en la presente existencia y resistir a las instigaciones del mal?

Un sabio de la antigüedad os lo dijo “Conócete a ti mismo”

Todos vivimos en función de los impulsos inconscientes que se agitan en nuestro mundo interior. Vemos constantemente los errores y defectos de los que nos rodean y somos incapaces de percibir los nuestros, casi siempre tanto o más graves que los de los otros.

Estos esfuerzos en el sentido de mejorar en esta vida y resistir a las instigaciones del mal, sólo pueden ser realizados conscientemente por disposición propia, dedicando nuestro tiempo, nuestro pensamiento, nuestra voluntad y nuestros esfuerzos en esta tarea tan importante.

Algunas veces la fuente del resentimiento puede estar profundamente instalada en nuestro interior, escondida hasta de nosotros mismos. Una forma de indagar en la raíz del enojo es anotar los sentimientos en un diario. Hay que hacerlo con la idea de ser muy específicos, hilar muy fino. Esto nos ayudará mucho a enfocar nuestros resentimientos y aprender a perdonar.

Perdonar requiere práctica. Hay que tomar la decisión, tener el deseo, asumir el compromiso, repetirlo muchas veces para dominarlo e incorporarlo como natural. Es más fácil comenzar a “ejercitarse” con personas no tan allegadas como por ejemplo los padres, y comenzar por situaciones menos comprometidas.

Perdonar no requiere negar nuestros propios sentimientos, no consiste en fingir que todo está bien mientras interiormente estamos hechos añicos. Tampoco es estar en connivencia con las conductas equivocadas de los otros. Pero si tener amor para con todos ellos y esto es en realidad una forma de vida, una conquista que podemos conseguir a través del esfuerzo y la práctica.

Dijo Platón:

La burla y el ridículo son entre todas las injurias las que menos se perdonan.

Es por nuestro orgullo.

Decía Ghandi.

Soy un hombre mediano con una capacidad menos que mediana. Admito que no soy intelectualmente brillante pero no me importa, existe un límite para el desarrollo del intelecto pero no para el del corazón.

Y vamos a terminar con una historia de la mano de Amalia Domingo Soler, titulada La tolerancia:

-¡Ay, madre! ¡Qué mañana tan hermosa…! Ya tenias tú razón que en el campo se debe madrugar para disfrutar de los encantos que tiene la Naturaleza.

-Me alegro que te convenzas, hijo mío, de que es una ingratitud no levantarse temprano para admirar la grandeza de Dios, porque lo que es la salida del Sol, aunque todos los días es lo mismo, como tú me decías ayer, no por eso deja de ser menos admirable la vida que difunde con su luz, con su calor; parece que el Sol dice a la Humanidad: ¡Buenos días! ¡Buenos días! Ya estoy entre vosotros.

-Sí, mamá, sí; tienes muchísisma razón. ¡Estoy contentísimo de haber venido; qué bien hemos almorzado! Pero ahora falta lo mejor; falta la historia.

-Es muy tarde ya; nos hemos entretenido demasiado en la fuente y tu padre nos estará esperando.

-No, no nos estará esperando, porque él me dijo que nos vendría a buscar al bosque después de despedir a mi tío; no te escapas, no; ayer me dijiste que hablarías sobre la tolerancia; pues, comienza con ser tolerante con mi exigente impaciencia.

-¿Y por qué no comienzas tú con tolerar una prórroga esperando hasta mañana? Hoy estoy muy cansada; hemos andado mucho.

-No, no; no transijo; estoy en ascuas por saber qué es lo que puede conseguir la tolerancia.

-Dices, ¡qué es lo que puede conseguir? Todo se consigue sabiendo tolerar; sentémonos, pues, y escucha: ¿Te acuerdas de doña Margarita?

-¿La señora que vive en el piso cuarto de nuestra casa?

-Sí, la misma; ¿qué te parece dicha señora?

-Yo creo que es una santa; hasta la portera habla bien de ella, que es cuanto se puede decir.

-¿Y qué te parece a ti? ¿Es feliz, o desgraciada?

-Yo creo que es muy feliz, porque su esposo, si le preguntan quién es Dios, contesta que es su mujer; yo cuando subo a jugar con su sobrino Arturo, siempre los veo hablando amigablemente, como hablas tú con papá.

-Pues, mira; toda esa felicidad es obra de ella, porque antes era doña Margarita la mujer más desgraciada de la Tierra.

-¿Con este mismo marido?

-Sí, con éste, pues no ha tenido ningún otro; se casó muy joven, casi una niña, y ha sufrido diez años de martirio.

-¡Diez años…!

-Sí, diez años; y para que veas lo que se puede conseguir con la tolerancia, escúchame con atención.

-¡Ya lo creo que te escucharé, porque has de saber que, después de ti y de mi papá, quizá sea doña Margarita la persona que yo más quiero en este mundo, porque es tan buena! ¡Si vieras lo que quiere a Arturo! Nunca le dice a su tío si no se sabe la lección, ni si mancha las planas, ni si pierde los libros, todo se lo dispensa; mira, tú no harías más por mí de lo que ella hace por el sobrino de su marido.

-Lo creo; está acostumbrada a ser un ángel de paz y de amor. Como te decía, al salir del colegio, su madrastra la casó enseguida para quitarse quebraderos de cabeza, y Margarita, al vestirse de largo fue para ponerse el traje de desposada y ceñir a sus sienes la corona de azahar.

Se casó con un joven muy rico, acostumbrado a satisfacer todos sus antojos, porque, no teniendo madre, su padre lo entregó a un sacerdote, que le servía de mentor, y maestro y discípulo llevaban una vida asaz desarreglada… Margarita, después de pasar con su esposo una semana en el campo, regresó a la ciudad muy desilusionada de su marido, porque conoció, aunque tarde, que iba a ser muy infeliz; pero convencida de que su mal ya no tenía remedio, pues no tenía donde volver los ojos, y animada al mismo tiempo por una esperanza muy consoladora, se propuso tolerar los innumerables defectos de su esposo, a ver si conseguía volver al redil a la oveja descarriada, que por cierto, no tenía el diablo por dónde desecharlo, porque le dominaban todos los vicios; pero Margarita, con una paciencia de santa, nunca le reconvenía por sus innumerables desaciertos, y ninguna noche se acostaba hasta venir su esposo, que por regla general se iba a casa cuando clareaba el alba, y como tenía la costumbre de comer algo antes de acostarse, ella le tenía la mesa puesta y todo muy bien preparado, acompañándole mientas él comía.

Él solía decirle: <<No seas tonta, mujer, acuéstate, no te mortifiques tanto; si piensas que voy a cambiar de conducta por tus desvelos, te vas llevar un chasco; yo no puedo hacer otra vida; desde niño me he recogido a la madrugada y seguiré así hasta que me muera.>>

Ella se sonreía y le aseguraba que no se mortificaba esperándole, y él se encogía de hombros y seguía trasnochando, y lo que es peor aún, perdiendo en el juego su inmensa fortuna y la gran dote que llevó Margarita, llegando el caso de tener que despedir a la servidumbre, cambiar de casa y contentarse con vivir en un cuarto piso, ellos que estaban acostumbrados a vivir en un palacio y a tener carruajes y caballos hermosos que llamaban la atención y ganaban premios en las carreras. Mas no por tantos contratiempos cambió de proceder el marido de Margarita; siguió jugando y perdiendo; su carácter se agrió extraordinariamente, y estar a su lado era estar en el infierno; pero Margarita no se daba por entendida con su esposo de lo que sufría, siempre le esperaba sonriente; lo único que hacía era que, en lugar de esperarle leyendo, le esperaba cosiendo o bordando, para ganar el sustento de los dos, porque llegaron a sentir hambre y sed, y por si esto no fuera bastante, una noche notó Margarita que su esposo estaba más preocupado que de costumbre, y le dijo:

-¿Qué tienes? ¿Qué te pasa? ¿Qué te sucede? ¿No sabes que tus penas son mías? Dime lo que te atormenta.

-Nada de particular, hasta cierto punto, porque como mi padre me enseñó el camino del juego, él también ha jugado y ha perdido, y hoy me mandó llamar para decirme que mañana pensaba irse al hospital, porque el único criado que le quedaba lo ha abandonado, y solo no puede quedar en el estado en que se encuentra, porque si no lo levantan del sillón o de la cama, él no puede moverse por sí mismo; así es que mañana te cuidas tú de acompañarlo al hospital, porque yo… al fin… es mi padre… y me repugna dar ese paso.

-Mañana -le dijo Margarita-, iré por tu padre y no lo llevaré al hospital

-Pues, ¿a dónde lo quieres llevar?

-¿A dónde? A casa de su hijo.

-Pero mujer, si hay días que ni tenemos pan para nosotros.

-¿Y eso qué importa? Tu padre morirá en mis brazos, si es que yo no me voy antes; es tu padre, y el padre de mi marido me pertenece.

-Tanto me da, haz lo que quieras.

Al día siguiente Margarita empeñó un colchón de su cama para pagar el coche en el cual colocó al padre de su esposo, al que cedió la mejor habitación de su modesta casa, y le cuidó con el mayor cariño, como la hija más amorosa; el anciano quedó paralizado por completo, hasta el alimento había que ponérselo en la boca, y Margarita, lo que nunca había hecho, recurrió a sus antiguas amistades, a las sociedades benéficas, a los sacerdotes más ricos, a todos pidió auxilio para mantener a su padre político; y durante dos años fue una verdadera hermana de la caridad; al fin, el anciano murió en sus brazos, y ayudada del portero de su casa, lo amortajó y lo dejó sobre su lecho, encendiendo cuatro velas; su marido llegó a comer, entró a ver el cadáver, se encogió de hombros y se marchó muy deprisa, y aquella noche Margarita se quedó sola velando al muerto.

A la madrugada llegó su esposo, como de costumbre, y Margarita le dijo así:

-Mira, esta noche no te acompaño mientras cenas, porque no quiero dejar solo a tu padre, ya que es la última noche que lo tenemos aquí.

Y se fue a sentar junto al cadáver. ¿Qué sintió entonces aquel hombre? Miró a su esposa, abriendo desmesuradamente los ojos, miró a su padre y cayó de rodillas ante Margarita llorando como un niño, diciendo entre sollozos:

-¡Soy un miserable…! ¡Me avergüenzo de mí mismo…! ¡Diez años de tormento no han vencido el heroísmo de esta mujer! ¡Margarita! ¡Alma superior! ¡Recíbeme en tus brazos, que yo te prometo, ante el cadáver de mi padre, ser tu esclavo; yo besaré el suelo que tú pises, yo no viviré más que para tí, yo trabajaré, yo arrancaré piedras de las canteras para darte el pan de cada día! ¡Margarita! ¡Perdóname…!

Margarita estrechó a su esposo contra su corazón, y los dos juntos besaron al muerto, diciendo Margarita:

-¡Padre mío! ¡Qué pronto me has dado la recompensa! Yo ponía el pan del cuerpo en tus labios, y tú me lo has devuelto dándome el pan del alma

Desde aquella noche memorable, Margarita se ha conceptuado feliz; como su esposo estaba tan bien relacionado, pronto encontró colocación en casa de un antiguo amigo de su padre, y los diez años de tormento que sufrió Margarita, tolerando los abusos de su marido, le han sido recompensados con la admiración y el respeto de cuantos la conocen. Su marido ha publicado a son de trompetas todos los sufrimientos que ha soportado su esposa con verdadero heroísmo, con evangélica tolerancia, porque nunca tuvo para él una reconvención, ni una palabra ofensiva ni de doble sentido; siempre le respetó y le consideró sin herir en lo más leve su susceptibilidad. Con su tolerancia se ha conquistado un paraíso; ahora vive Margarita en la gloria. El sobrino de su esposo es para ella un hijo; ya ves, hijo mío, todo lo que se puede hacer con la verdadera tolerancia.

-Tienes razón, mamá, tienes razón; por algo yo encontraba en doña Margarita una atracción tan inexplicable, y era su virtud la que me atraía.

-Sí, hijo mío, sí; es indudablemente un espíritu superior, porque sólo un alma elevadísima puede devolver bien por mal, como ella ha hecho, sin sentir hacia el causante de sus males la más leve aversión; muy al contrario, sentía por su esposo una compasión inmensa, y mientras él más se hundía, más anhelaba ella levantarle.

-¿Sabes, mamá, que la tolerancia es una gran virtud?

-Para mí, hijo mío, es la madre de todas las virtudes, porque el que tolera, perdona, y el que perdona, olvida las ofensas, y olvidándolas… ¡ama!

-Y mañana, ¿qué me contarás? Ya estoy deseando que llegue mañana.

-Yo también -dijo el padre del niño apareciendo de pronto ante su esposa y su hijo-, y que mañana yo quiero ser también de la partida.

-¡Ay, qué bien, papá, qué bien! Lo que me cuenta mamá me interesa más que todo cuanto he leído hasta ahora.

-Es natural, hijo mío; tu madre habla con el corazón, y el lenguaje del sentimiento es la música del infinito.

-Y dicen que la música domestica a las fieras.

-Eso dicen; asi que tú, que eres un hijo muy bueno, mira si te aprovecharán los relatos de tu madre.

-¡Qué feliz soy…! Entre vosotros llegaré a ser grande.

-Sí, hijo mío, es grande todo el que quiere serlo, y procuraremos que lo seas por medio del amor, sobre el cual te hablaré mañana.

-¡De este modo, mañana será… la mañana del amor!

Salvador Martín para Curso Espírita

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