¿Por qué no recordamos las otras vidas que hayamos podido tener?

Excepcionalmente sí que se puede recordar la última existencia, hay numerosos casos que así lo demuestran. Pero en el estado evolutivo en el que nos encontramos lo normal es que sólo conservemos ciertas ideas innatas.  No hay por tanto recuerdos, sino excepcionalmente, pero siempre tenemos esas ideas innatas, esa facilidad de hacer ciertas cosas, somos los mismos que fuimos, en otro cuerpo, y aunque no recordemos mantenemos nuestras aptitudes, el mismo carácter y estado moral, exactamente donde lo dejamos.

Ese olvido temporal durante esta existencia, nos ofrece grandes ventajas. Porque somos de nuevo moldeables a través de la educación de la vida. 

La nueva vida nos aporta una nueva hoja en blanco para escribir mejor y quitar los borrones de las existencias anteriores. Con el bagaje que nos aporta cada nueva existencia, las líneas de nuestras acciones son cada vez más firmes.

El recuerdo vivo de lo que fuimos nos perjudicaría por diversas razones.

Habría que sumar a nuestros problemas de hoy los de ayer, los dolores de conciencia culpable, de los errores cometidos.

Reconoceríamos entre los que nos rodean al enemigo de antaño, que frecuentemente se encuentra muy cerca nuestro, incluso entre nuestros familiares, con el fin de reconciliarnos, de devolver con bien el mal hecho.

Conservaríamos rencores, quizá deseos de venganza.

La diferencia de estado social podría enorgullecernos o humillarnos en exceso.

Tenderíamos a repetir la misma profesión, las mismas costumbres, impidiéndonos llevar a cabo las labores y experiencias que nos corresponden en esta existencia.

Sería también por ejemplo un conflicto psicológico encontrarnos con un sexo diferente al que fuimos en otra existencia, cambio que a veces se da entre una encarnación y otra, dependiendo de las pruebas o experiencias que hayamos de pasar.

¿De verdad queremos recordar?

Frecuentemente es simple curiosidad, una curiosidad que en este caso puede ser malsana y hasta perjudicial. Aunque se da la excepcionalidad que en ciertos problemas o traumas, las regresiones se convierten en una herramienta terapéutica que soluciona hoy los traumas internos del ayer, pero no deja de ser algo muy delicado.

Sí podemos saber, o más bien deducir, qué género de vida o cómo hemos sido, por nuestras tendencias, a través de la poderosa herramienta del conocimiento de uno mismo. Es la forma natural y saludable de saber un poco más del pasado, sin informaciones concretas de las que por norma general sale más malo que bueno.

Más tarde, en el plano espiritual, recordaremos todo, aunque solo poco a poco y dependiendo de nuestro estado evolutivo. Allí también es necesario incluso como terapia psicológica y es un recurso que también utilizan los buenos espíritus para ayudarnos a comprender ciertas cosas, entender ciertos porqués, pero hasta que no estemos lo suficientemente evolucionados nos presentan solo lo necesario, de modo terapéutico.

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