¿Se debe publicar todo lo que dicen los Espíritus?

Es común que en algunos médiums y en ciertos grupos puedan aparecer unas ganas imperiosas de querer divulgar aquello que reciben, cuando buena parte de las comunicaciones que esos médiums o grupos reciben, en el mejor de los casos, no pasan de ser informaciones útiles para ellos mismos, pero que son de nula utilidad para una divulgación más amplia, y de su divulgación o publicación no resulta nada provechoso. El asunto reviste mayor gravedad cuando esas comunicaciones son apócrifas y a veces hasta ridículas.

Allan Kardec refiere en varias ocasiones este problema que todavía hoy persiste y que lleva a la edición y publicación por diversos médiums de contenidos de escaso o nulo valor, y como nosotros lo vemos, actualmente es bastante excepcional que se reciban comunicaciones u obras mediúmnicas para una divulgación amplia. Y ante la duda sobre su importancia pensamos que más valdría divulgar primeramente las obras espíritas claramente reconocidas como tales, y que son aún grandes desconocidas dentro de la sociedad.

Hay muchos centros espíritas que reciben comunicaciones sublimes, muy elevadas, que sobrecogen hasta lo más profundo a aquellos que las escuchan de viva voz, pero que ni dicen nada nuevo, ni los espíritus que las dictan indican que haya necesidad de divulgarlas, muy por el contrario nos animan a utilizar las herramientas del estudio y divuglación de las obras de Allan Kardec.

Por tanto, continúan vigentes estas recomendaciones al respecto, de manos del propio codificador.

En noviembre de 1859 publicaba el siguiente artículo:

En la Revista Espírita ¿Se debe publicar todo lo que dicen los Espíritus?

Esta pregunta nos ha sido dirigida por uno de nuestros corresponsales y la responderemos con la siguiente pregunta: ¿Sería bueno publicar todo lo que dicen y piensan los hombres? Cualquiera que tenga una noción del Espiritismo, aunque sea poco profunda, sabe que el mundo invisible está compuesto por todos aquellos que han dejado en la Tierra su envoltura visible; pero al despojarse del hombre carnal, no por esto todos se han revestido de la túnica de los ángeles. Por lo tanto, hay Espíritus de todos los grados de saber y de ignorancia, de moralidad y de inmoralidad: he aquí lo que es preciso no perder de vista. No olvidemos que entre los Espíritus hay, como en la Tierra, seres ligeros, inconsecuentes y burlones; pseudosabios, vanos y orgullosos, de un saber incompleto; hipócritas, malévolos y, lo que nos parecería inexplicable si de algún modo no conociésemos la fisiología de ese mundo, los hay sensuales, viles y crápulas que se arrastran en el lodo. Al lado de eso tenéis, siempre como en la Tierra, a los seres buenos, humanos, benévolos, esclarecidos, sublimes de virtudes; pero como nuestro mundo no está ni en la primera ni en la última posición, aunque sea más vecino de la última que de la primera, resulta de esto que el mundo de los Espíritus reúne a seres más avanzados intelectual y moralmente que nuestros hombres más esclarecidos, y a otros que aún están por debajo de los hombres más inferiores. Desde que esos seres tienen un medio patente de comunicarse con los hombres, de expresar sus pensamientos por signos inteligibles, sus comunicaciones deben ser el reflejo de sus sentimientos, de sus cualidades o de sus vicios; aquellas serán ligeras, triviales, groseras, incluso indecentes, o eruditas, sabias y sublimes, según su carácter y su elevación.

Los Espíritus se revelan por su lenguaje; de ahí la necesidad de no aceptar ciegamente -de forma alguna- todo lo que viene del mundo oculto, y de someterlo a un control severo. Con las comunicaciones de ciertos Espíritus, del mismo modo que con los discursos de ciertos hombres, se podría hacer una compilación muy poco edificante. Tenemos ante nuestros ojos una pequeña obra inglesa, publicada en América, que es la prueba de esto, y de cuya lectura podemos decir que una madre no recomendaría a su hija; es por eso que nosotros no la recomendamos a nuestros lectores. Hay personas que piensan que esto es gracioso y divertido; que se diviertan en la intimidad, pero que lo guarden para sí mismas. Lo que todavía es menos concebible es que ellas se jactan de obtener comunicaciones inconvenientes; es siempre un indicio de simpatías que no tienen motivo para envanecerse, sobre todo cuando esas comunicaciones son espontáneas y persistentes, como ocurre con ciertas personas. Sin duda que esto no prejuzga en nada su moralidad actual, porque encontramos a los afligidos con este género de obsesión, al cual su carácter no se presta de modo alguno a eso; sin embargo, este efecto debe tener una causa, como todos los efectos; si no se la encuentra en la presente existencia, es preciso buscarla en una existencia anterior. Si no está en nosotros, está fuera de nosotros, pero siempre se hallan en esa situación por algún motivo, aunque sea por debilidad de carácter. Conocida la causa, depende de nosotros hacerla cesar. Al lado de esas comunicaciones francamente malas y que chocan a cualquier oído delicado, hay otras que son simplemente triviales o ridículas; ¿hay inconvenientes en publicarlas? Si son dadas por lo que valen, acarrean algún daño; si son dadas como estudio del género, con las debidas precauciones y con los comentarios y correcciones necesarias, pueden incluso ser instructivas en lo que dan a conocer todos los aspectos del mundo espiritual; con prudencia y cuidados, todo puede ser dicho; pero el mal es dar como serias a las cosas que están en contra del buen sentido, de la razón o de las conveniencias; en este caso, el peligro es mayor de lo que se piensa.

En primer lugar, estas publicaciones tienen como inconveniente inducir al error a las personas que no están en condiciones de profundizar y de discernir lo verdadero de lo falso, sobre todo en una cuestión tan nueva como el Espiritismo; en segundo lugar, son armas suministradas a los adversarios que no pierden la ocasión de presentar argumentos contra la alta moralidad de la enseñanza espírita; porque -lo decimos una vez más- el mal es dar como serias a las cosas notoriamente absurdas. Inclusive algunos pueden ver una profanación en el papel ridículo que se da a ciertos personajes justamente venerables, y a los cuales se les atribuye un lenguaje indigno de ellos. Los que han estudiado a fondo la ciencia espírita saben a qué atenerse al respecto; saben que los Espíritus burlones no dejan de adornarse con nombres respetables; pero también saben que esos Espíritus no abusan sino de los que permiten dicho abuso, y no saben o no quieren desbaratar sus artificios por los medios de control que conocemos.  El público, que no sabe esto, solo ve una cosa: un absurdo ofrecido gravemente a su admiración; esto hace que él diga: Si todos los espíritas son así, ellos merecen epíteto con el cual se los califica. Sin duda alguna, este juicio no tiene consideración, con razón vosotros los acusáis de ligereza; decidles: Estudiad la cuestión y no veáis solamente un lado de la moneda. Pero hay tantas personas que juzgan a priori, sin darse el trabajo de girar la moneda, sobre todo cuando falta buena voluntad, que es necesario evitar todo lo que pueda darles motivos, porque si a la mala voluntad se junta la malevolencia -lo que es muy común-, dichas personas se quedarán encantadas por encontrar donde criticar.

Más tarde, cuando el Espiritismo estuviere más popularizado, más conocido y comprendido por las masas, esas publicaciones no tendrán mayor influencia de lo que hoy tendría un libro con herejías científicas. Hasta entonces, nunca sería demasiada la circunspección, porque hay publicaciones que pueden dañar esencialmente a la causa que quieren defender, incluso mucho más que los ataques groseros y que las injurias de ciertos adversarios: si algunas fuesen hechas con tal objetivo, no tendrían mejor éxito. El error de ciertos autores es el de escribir sobre un tema antes de haberlo profundizado suficientemente, dando así lugar a una crítica fundamentada. Se quejan del juicio temerario de sus antagonistas, sin prestar atención de que a menudo son ellos mismos que muestran su punto débil.

Además, a pesar de todas las precauciones, sería presuntuoso creerse al abrigo de toda crítica: primero, porque es imposible contentar a todo el mundo; segundo, porque hay personas que se ríen de todo, inclusive de las cosas más serias, unas por su estado, otras por su carácter. Se ríen mucho de la religión, por lo que no es sorprendente que se rían de los Espíritus, que no conocen. Si al menos sus bromas fuesen eficaces, habría una compensación; pero infelizmente, en general, no brillan por su delicadeza, ni por su buen gusto, ni por la urbanidad y aún menos por la lógica. Hagamos entonces lo mejor, porque al poner de nuestro lado la razón y la compostura, apartaremos a los sarcásticos.

Esas consideraciones han de ser comprendidas fácilmente por todos; pero hay una no menos esencial que se relaciona con la propia naturaleza de las comunicaciones espíritas y que no debemos omitir: los Espíritus van adonde encuentran simpatía y donde saben que serán escuchados, Las comunicaciones groseras e inconvenientes, o sencillamente falsas, absurdas y ridículas, solo pueden emanar de Espíritus inferiores: el simple buen sentido así lo indica. Esos Espíritus hacen lo que hacen los hombres que son escuchados con complacencia: se vinculan a aquellos que admiran sus tonterías, y frecuentemente se apoderan de ellos y los dominan a punto de fascinarlos y subyugarlos. La importancia que se da a sus comunicaciones, por la publicidad de las mismas, los atrae, los estimula y los anima. El único y verdadero medio para alejarlos es probarles que uno no se deja engañar, rechazando implacablemente como apócrifo y sospechoso todo lo que no sea racional, todo lo que desmienta la superioridad que se atribuye al Espíritu que se manifiesta y de cuyo nombre él se revista: entonces, cuando ve que pierde su tiempo, se retira.

Creemos haber respondido suficientemente a la pregunta de nuestro corresponsal sobre la conveniencia y la oportunidad de ciertas publicaciones espíritas. Publicar sin examen o sin correcciones todo lo que venga de esa fuente, sería dar prueba -según nosotros- de poco discernimiento. Tal es, al menos, nuestra opinión personal, -que entregamos a la apreciación de los que, estando desinteresados en la cuestión, pueden juzgar con imparcialidad al poner a un lado toda consideración individual. Como todo el mundo, tenemos el derecho de expresar nuestra manera de pensar sobre la ciencia que es el objeto de nuestros estudios, y de tratarla a nuestra manera, sin pretender imponer nuestras ideas a quien quiera que sea, ni darlas como leyes. Los que comparten nuestra manera de ver es porque creen, como nosotros, estar con la verdad; el futuro mostrará quién está errado y quién está con la razón.

En El Libro de los Médiums, capítulo XXIII, Acerca de la Obsesión:

247. Los Espíritus afectos a los sistemas son, la mayoría de las veces, escritorzuelos. Por eso buscan médiums que escriban con facilidad, y a los cuales tratan de convertir, mediante la fascinación, en instrumentos dóciles y, sobre todo, entusiastas. Suelen ser locuaces, muy minuciosos, e intentan compensar la calidad con la cantidad. Se complacen en dictar a sus intérpretes escritos voluminosos, indigestos y a menudo poco inteligibles, que afortunadamente tienen como antídoto la imposibilidad material de que sean leídos por las masas. Los Espíritus en verdad superiores son sobrios en sus palabras, dicen mucho en pocas líneas, de modo que aquella fecundidad prodigiosa siempre debe ser considerada sospechosa.

Nunca seremos demasiado prudentes cuando se trate de publicar esos escritos. Las utopías y las excentricidades que con frecuencia abundan en ellos, y que chocan al buen sentido, producen una muy lamentable impresión en las personas que se inician en el conocimiento del espiritismo, pues les muestran una idea falsa acerca de esta doctrina, sin contar con que son armas de las que se valen sus enemigos para ridiculizarla. Entre esas publicaciones hay algunas que, a pesar de que no son malas y de que no provienen de una obsesión, pueden ser consideradas imprudentes, intempestivas o torpes.

248. Ocurre con bastante frecuencia que un médium puede comunicarse solamente con un Espíritu, que se vinculó a él y responde por aquellos que son llamados por su intermedio. no siempre se trata de una obsesión, porque puede deberse a la falta de flexibilidad del médium, o a una afinidad especial de su parte con tal o cual Espíritu. Sólo hay obsesión propiamente dicha cuando el Espíritu se impone y aparta deliberadamente a los demás, cosa que un Espíritu bueno no haría nunca. Por lo general, el Espíritu que se apodera del médium con intención de dominarlo no soporta el análisis crítico de sus comunicaciones. Cuando ve que no son aceptadas, o que los hombres las discuten, no se retira, sino que inspira al médium la idea de aislarse, e incluso suele darle órdenes en ese sentido. Todo médium que  se  ofende  por  la  crítica  a  las comunicaciones  que  recibe,  se  hace  eco  del  Espíritu  que  lo  domina, y ese Espíritu no puede ser bueno, puesto que le inspira el pensamiento ilógico de que rechace el análisis. El aislamiento del médium siempre es perjudicial para él, porque queda sin ningún control de las comunicaciones que recibe. no sólo debe solicitar la opinión de terceros para ilustrarse, sino que también precisa estudiar todos los géneros de comunicaciones, a fin de compararlas entre sí. Si se limita a las que él mismo obtiene, por mejores que le parezcan, se expone a engañarse respecto a su valor, sin contar con que de ese modo no puede ampliar sus conocimientos, pues esas comunicaciones giran casi siempre en torno al mismo tema. (Véase en El Libro de los Médiums el ítem 192, Médiums exclusivos.)

Nos podríamos preguntar el por qué se permite que se reciban estas comunicaciones, he aquí la explicación en El Libro de los Médiums ítem 301, apartado 10.

Las doctrinas erróneas que ciertos Espíritus enseñan, ¿no tienen por efecto retardar el progreso de la verdadera ciencia?

“Sería vuestro deseo obtener todo sin esfuerzo. Sabed, pues, que no hay un solo campo donde no crezcan hierbas dañinas que el agricultor deba extirpar. Esas doctrinas erróneas son una consecuencia de la inferioridad de vuestro mundo. Si los hombres fueran perfectos sólo aceptarían la verdad. Los errores son como las joyas falsas, que sólo el ojo experto puede descubrir. Por consiguiente, necesitáis un aprendizaje para distinguir lo verdadero de lo falso.

¡Pues bien! Las falsas doctrinas son útiles para que os ejercitéis en hacer la distinción entre la verdad y el error.”

Humildad ante todo

Del Capítulo XXXI, Disertaciones Espíritas, de El Libro de los Médiums, comunicación de El Espíritu de Verdad

No hay duda de que todos los médiums están llamados a servir  a  la  causa  del  espiritismo  en  la  medida  de  sus  facultades, pero  muy  pocos  son  los  que  no  se  dejan  atrapar  en  las  celadas del amor propio. Es uno de los grandes escollos que raramente deja de producir efecto. Por eso, de cien médiums encontraréis a lo sumo uno que, por muy insignificante que sea, en los primeros tiempos de su mediumnidad no haya creído que estaba llamado a obtener resultados superiores, y predestinado a importantes misiones.

Los que sucumben ante esa vanidosa expectativa, y grande es el número de ellos, se convierten inevitablemente en víctimas de Espíritus obsesores, que no tardan en subyugarlos lisonjeando su orgullo y atacándolos por su lado flaco. Cuanto más pretendan elevarse, tanto más ridícula será su caída, toda vez que no les resulte desastrosa.

Las misiones importantes sólo se confían a los mejores hombres, y Dios mismo los coloca, sin que ellos se lo hayan propuesto, en el ambiente y en la posición en que puedan prestar una colaboración eficaz. nunca estará de más recomendar, a los médiums carentes de experiencia, que desconfíen de lo que ciertos Espíritus les dicen acerca del supuesto rol que están destinados a desempeñar, porque si lo toman en serio sólo cosecharán contrariedades en la tierra, y una severa sanción en el otro mundo. Convénzanse bien de que, en la modesta y oscura esfera en la que están ubicados, pueden prestar grandes servicios, ya sea ayudando a convertir a los incrédulos, o brindando consuelo a los afligidos. En caso de que deban salir de esa situación, una mano invisible los conducirá y les preparará los caminos, y serán puestos en evidencia, por así decirlo, a pesar suyo.

Tengan presentes estas palabras: “Aquel que se eleve será rebajado, y el que se rebaje será elevado”.

El Espíritu de Verdad

Salvador Martín

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