Estudio sobre la poesía mediúmnica

Portada Estudio sobre la poesía mediúmnica
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Estudio sobre la poesía mediúmnica por Allan Kardec

Ecos Poéticos de Ultratumba, de la obra Echos Poetiques de d´Outre-Tombe, es una colección de poesías mediúmnicas obtenidas por Louis Vavasseur; precedida de un Estudio sobre la Poesía Mediúmnica, por Allan Kardec.

Obra de la que Allan Kardec anunciaba su venta, en la Revista Espírita de febrero de 1867, desde las oficinas de la Revue Spirite y desde el domicilio del autor.

Nuestros lectores han podido juzgar el género y el valor de las poesías obtenidas por el Sr. Vavasseur –como médium, tanto en estado de vigilia como en estado de sonambulismo espontáneo– por los fragmentos que hemos publicado en esta Revista. Así pues, nos limitaremos a decir que, al mérito de la versificación, esas poesías suman el de reflejar, con la elegante forma poética, las consoladoras verdades de la doctrina. En ese sentido, tendrán un lugar de honor en las bibliotecas espíritas. Consideramos que era nuestro deber agregarle una introducción o, mejor dicho, una instrucción sobre la poesía mediúmnica en general, destinada a responder algunas objeciones de la crítica acerca de este género de producciones.

Allan Kardec

De esta obra la Confederación Espiritista Argentina ha publicado Estudio sobre la Poesía Mediúmnica, que contiene la Introducción del libro Ecos Poéticos de Ultratumba, y diversas poesías mediúmnicas publicadas en la Revista Espírita.

Y además de esta obra traducida al castellano, Estudio sobre la Poesía Mediúmnica, dejamos  para descarga al final del post la obra original en francés Echos Poetiques de d´Outre-Tombe, con 64 poesías que todavía no se han traducido.

 

Prefacio

Portda original Ecos Poéticos de Ultratumba
Portda original Ecos Poéticos de Ultratumba

En todas las épocas lo sobrenatural ha despertado en el hombre un sentimiento de temor que no ha sabido definir, o bien un sentimiento de repulsión que no ha podido explicar.

¿A qué se deben ese temor pueril y ese rechazo involuntario? Sucede que no queremos detenernos ante lo que consideramos un sueño, por temor a descubrir que se trata de una realidad; no queremos ocuparnos de lo que definimos como una ficción, por temor a descubrir que es una verdad; no queremos estudiar un efecto, por temor a ver en él una causa.

Hace apenas un año, yo también era tan incrédulo cuanto fuera posible, hasta que llamé a la puerta de un amigo que me habló de los Espíritus y de la comunicación directa con ellos. Mi sonrisa inicial dio lugar a la burla. Pero mi amigo no se desanimó, y me envió dos obras 1, pidiéndome que las leyera atentamente; por mi parte, le prometí que lo haría.

Las primeras páginas me encontraron distraído, pero poco a poco me invadió el interés, y pronto el escéptico burlón se convirtió en un discípulo ferviente de la nueva doctrina. En la actualidad, necesito vivir con esas ideas, que son para mí lo mismo que para todos: el consuelo del presente y la esperanza del porvenir. Sin esas ideas, la vida es un navío sin brújula, un hogar sin fuego, un mundo sin sol, un cuerpo sin alma.

Una vez que el razonamiento me convenció de la existencia de los Espíritus, mi primer deseo fue comunicarme con ellos. Oré, los evoqué, y mi primera plegaria fue escuchada, mi primer llamado fue atendido. El adepto de ayer comenzó a escribir el día después bajo el dictado de sus guías misteriosos. Sin embargo, ese feliz resultado no me satisfizo. Había escrito en prosa y, ya fuera por capricho o bien por duda, pedí a los Espíritus que me hicieran escribir en verso. Nunca la poesía, esa hija del Cielo, se había sentado junto a mí; nunca había cantado a mis oídos el más pequeño soneto, nunca su alma le había hablado a mi alma. Para mi gran sorpresa, de manera espontánea, obtuve versos absolutamente correctos. Se trataba de una prueba para mí, la prueba más irrefutable de esa fuerza sobrenatural que yo había intentado negar. Así pues, mi fe se afirmó para siempre.

A partir de entonces, los Espíritus no han dejado de visitarme, a tal punto que me encuentro en posesión de una gran cantidad de poesías, cuya publicación ellos me encomendaron. Por esa razón, amigo lector, esta obra se encuentra en tus manos.

Muy dichoso de servir a mis queridos Invisibles, sería más dichoso aún si pudiera transmitirte el deseo de conocer la doctrina que constituye mi felicidad, así como la felicidad de todos los que la comprenden.

L. Vavasseur 

 

Estudio sobre la poesía mediúmnica

¿Dónde se encuentra la prueba de que los versos de esta colección vienen del otro mundo? Eso preguntarán, sin duda, los que solo creen en lo que procede de este. La prueba radica en el testimonio de cuantos han estado presentes en el momento en que esos versos se escribían, porque la mayoría se obtuvo en reuniones más o menos numerosas, integradas por personas honorables. Estamos de acuerdo –dirán–, pero ¿cómo se demuestra que esas personas no han sido engañadas, y que el Sr. Vavasseur no hizo más que valerse de su memoria para recitar los versos que había compuesto con anticipación? Se demuestra con tres cosas fundamentales: ante todo, la honorabilidad del Sr. Vavasseur, la cual lo ubica más allá del cualquier sospecha de fraude, indigno de un hombre honesto; en segundo lugar, el hecho de que la mediumnidad no es un negocio para él, y que no hace de ella un espectáculo, de modo que no tendría ningún interés en desempeñar sin provecho alguno una farsa que suele ser muy agotadora; por último, también es notorio que, fuera de la mediumnidad, él nunca pudo componer siquiera una pequeña cuarteta. Con todo, el Sr. Vavasseur dista mucho de ser un hombre iletrado; aunque sabemos que se puede tener mucha instrucción sin ser poeta en lo más mínimo.

Así pues, ¿de dónde le llegaría tan súbitamente esa prodigiosa facultad de improvisar –tanto por escrito, en estado de vigilia, como verbalmente, durante el sueño extático– esas largas composiciones poéticas, sin tachaduras ni correcciones, a menudo sobre temas de actualidad, respecto de los cuales no tuvo tiempo de reflexionar? Desafiamos al poeta más prolífico a que obtenga un resultado semejante. ¿Por qué de Pradel2 y el resto de los improvisadores célebres no han escrito nada? Sucede que sus versos, que causaban efecto a partir de una escucha rápida, no eran aptos para la lectura. Ahora bien, no podemos decir lo mismo respecto de los versos del Sr. Vavasseur.

Por lo tanto, si este último es incapaz de producir por su cuenta los versos que obtiene, es necesario que estos procedan de una fuente extraña. Por otra parte, si esos versos le pertenecieran, ¿por qué se privaría del mérito de haberlos creado? La modestia no suele ser la virtud predominante en los poetas. Dado que no hay motivo alguno para repudiar esos versos, nada le resultaría más fácil que adornarse impunemente con plumas de pavo real, ya que su procedencia lo protegería de las demandas judiciales.

Las personas que no conocen el espiritismo formulan naturalmente esta pregunta: ¿A qué se debe que no todos los médiums obtengan poesías? A fin de responderles de manera completa, sería necesario desarrollar nuevamente los principios de la ciencia espírita. Para los que no reconocen el mundo espiritual, habría que remontarse a la demostración de la existencia del alma y de los Espíritus, lo cual nos llevaría demasiado lejos; sería un curso de espiritismo que, como el de cualquier otra ciencia, no es posible realizar en unas pocas palabras. Nos limitaremos simplemente a dar algunas explicaciones resumidas, suficientes para poner en el camino de los fenómenos mediúmnicos a los que no conocen la causa de estos, así como a eliminar algunas objeciones que, por ignorancia del principio que los rige, son naturalmente inducidos a plantear.

Así pues, admitamos la existencia de los Espíritus como un hecho probado por la experiencia; además, que los Espíritus son las almas de los hombres que han vivido en la Tierra; que pueblan el espacio y constituyen la población invisible del globo después de que han formado parte de la población visible; que están entre nosotros, a nuestro lado, atraídos por las personas o los ambientes por los que simpatizan. Otro hecho, que también ha sido probado por la observación, dado que los Espíritus no son más que las almas de los hombres, es que entre ellos encontramos todas las variedades intelectuales y morales que presenta la humanidad. Al ingresar en el mundo espiritual, ellos no adquieren súbitamente la ciencia soberana y la soberana sabiduría; su grado de adelanto como Espíritus se corresponde con el de su adelanto como hombres; muchos conservan el carácter, los gustos, las aptitudes, las opiniones, las simpatías y las antipatías que tenían en la Tierra; si bien los hay eminentemente superiores, también los hay que saben menos y valen menos que algunos hombres; el simple buen sentido, por otra parte, dice que el Espíritu de un salvaje o el de un criminal no puede convertirse de inmediato en el de un sabio o de un hombre de bien. Sin el conocimiento de ese punto capital, es imposible comprender ciertas cosas.

El alma propiamente dicha es puramente espiritual: es el principio inteligente; pero posee una envoltura o cuerpo fluídico que no perjudica su espiritualidad más que el cuerpo material con que se reviste durante la existencia terrestre. Ese cuerpo fluídico, designado con el término periespíritu, hace que el Espíritu no sea un ser abstracto, sino un ser concreto, limitado y circunscrito. Dado que los Espíritus se encuentran o pueden presentarse entre nosotros, con la ayuda del fluido periespiritual actúan sobre la materia inerte para producir determinados efectos físicos, sobre los médiums para hacer que escriban, hablen o dibujen, y sobre las personas sensitivas para impresionarlas. También con la ayuda de su periespíritu, que se torna momentáneamente visible, ellos se muestran a veces con la apariencia que tenían cuando estaban vivos.

Tal es, en resumen, el principio de las manifestaciones; vemos que en eso no hay nada sobrenatural ni maravilloso, sino un fenómeno muy natural que resulta de una ley que no era conocida.

Al encarnarse, el Espíritu se reviste con una segunda envoltura: la que constituye el cuerpo carnal. La muerte no es más que la destrucción de este último, que sucumbe cuando sus órganos se han debilitado y ya no pueden funcionar; entonces el Espíritu se separa de ese cuerpo como la nuez se separa de la cáscara, y solo conserva el cuerpo fluídico; se trata de un desdoblamiento, un cambio de medio. Durante la vida, el periespíritu no se halla circunscrito a los límites del cuerpo carnal; aunque esté unido, molécula a molécula, a todas las partes de este último, irradia alrededor suyo y lo envuelve con una especie de atmósfera fluídica.

La comunicación del Espíritu desencarnado con el médium se establece mediante la unión de los fluidos periespirituales de ambos, que sirven de vehículo para la transmisión del pensamiento. No obstante, debido a sus respectivas cualidades, esos fluidos son más o menos asimilables, y pueden atraerse o repelerse. Según el grado de asimilación o de repulsión de esos fluidos, las comunicaciones son más o menos fáciles, e incluso a veces imposibles. De ahí resulta que un médium, por más bueno que sea, no siempre puede comunicarse indistintamente con todos los Espíritus; además, estos, que tienen libre albedrío y no están sujetos al capricho de nadie, se comunican cuando quieren, cuando pueden, y con quien les place. Ningún médium puede hacer que un Espíritu se comunique contra su voluntad.

El Espíritu puede actuar mecánicamente sobre determinados médiums, y hacer que estos realicen cosas que, conforme al estado de sus conocimientos, serían incapaces de llevar a cabo. De ese modo, hacen escribir a personas que ni siquiera saben formar las letras, conduciendo sus manos como se hace con los niños; hacen dibujar o pintar a individuos que nunca usaron lápices o pinceles; hacen que el médium escriba en una lengua desconocida para él, dictándole letra por letra. El médium, en ese caso, es un verdadero autómata; pero se trata de un trabajo necesariamente largo y penoso, que los Espíritus realizan excepcionalmente, como un medio de convicción, cuando encuentran un médium dotado física y fluídicamente con la aptitud necesaria. No obstante, como a ellos les gusta la rapidez, prefieren, sobre todo para los trabajos importantes y continuados, a los médiums que ya no tienen que vencer dificultades materiales, y en relación con los cuales basta con transmitirles el pensamiento. En ese caso, en vez de ser una simple máquina ciega, el médium se convierte en un intérprete o traductor inteligente; su rol es el de un intermediador o un secretario. Ahora bien, así como preferimos que nuestro secretario sea un hombre que sepa escribir con fluidez y corrección, en lugar de otro que no sepa nada, los Espíritus prefieren, sobre la base de aptitudes fluídicas semejantes, a los médiums con los que no tienen que ocuparse de una ejecución material. Se comprende, por ejemplo, que el médium que sabe música y domina el mecanismo de un instrumento, será más apto para traducir el pensamiento musical que se le transmite, aunque no sea el suyo, que si no supiera ni una palabra al respecto. Por esa misma razón, el médium al que le resulten familiares los términos técnicos de un arte o una ciencia escribirá más fácilmente bajo el dictado de los Espíritus –tanto como bajo el de los hombres– una disertación sobre un tema científico. En ese sentido es preciso entender el principio según el cual los Espíritus se valen del aparato cerebral del médium, y encuentran tanta mayor facilidad cuanto más rico es ese aparato. Por aparato cerebral no debe entenderse los pensamientos o las ideas propias del médium, sino los elementos necesarios para que los pensamientos se manifiesten; así, mediante las lenguas pobres, como las de los salvajes, no se podrían expresar todas las ideas de los hombres civilizados e instruidos.

No obstante, esa riqueza no siempre se encuentra en la instrucción efectiva de la existencia actual, sino sobre todo en el desarrollo intelectual que proviene de una cultura anterior a la de la existencia actual, lo cual hace que el médium sea apto para interpretar magistralmente comunicaciones acerca de temas que en apariencia le resultan extraños. Así, hemos visto un médium cuya instrucción era muy limitada, y que nunca había tocado un pincel, ni estudiado las artes siquiera en teoría, pero que en estado de sueño magnético disertaba acerca de la pintura y de las delicadezas del arte como si fuera un artista consumado, porque –según nos dijo– había sido un artista talentoso en una existencia precedente. En estado de vigilia, no le quedaba el menor rastro, pero su cerebro espiritual no por eso se hallaba menos equipado. Así pues, como médium escribiente, él habría ofrecido a un Espíritu pintor, para tratar sabiamente los temas de la pintura, más facilidad que otro, aunque actualmente no supiera pintar ni dibujar.

Se comprende, después de esto, la incontable variedad de aptitudes que presentan los médiums, y por qué no todos están igualmente capacitados para tratar exprofeso todos los temas. Según la naturaleza de las instrucciones que desean transmitirnos, los Espíritus eligen los instrumentos que les ofrecen más recursos.

Por esa misma razón, se comprende por qué no todos los médiums son aptos para las comunicaciones poéticas, y cómo el que no puede componer versos por su cuenta, a veces puede servir de intérprete fácil para un Espíritu poeta. Tal es, sin ninguna duda, la causa de la prodigiosa facilidad del Sr. Vavasseur para la poesía mediúmnica. Los Espíritus poetas encuentran en él una inteligencia predispuesta a sentir y reflejar los pensamientos poéticos de cierto género, lo que explica el carácter sensiblemente uniforme y elegíaco de sus comunicaciones.

Su aptitud mediúmnica no parece, hasta el momento, ser apta para la alta poesía trágica o lírica. Nosotros habíamos solicitado, por su intermedio, versos de una naturaleza especial, que él todavía no ha podido obtener, y eso sin duda no se debe a que los Espíritus capaces de hacerlo se hayan ausentado, sino probablemente a que ese género de poesía no se encuentra en sus cuerdas mediúmnicas, o a que esas cuerdas aún no se han desarrollado. Esa variedad en las aptitudes existe para la prosa tanto como para los versos, y para todos los tipos de mediumnidad. El médium debe dedicarse a cultivar aquella con que la naturaleza lo ha dotado; la pretensión de poseerlas todas conduce a que no ejerza bien ninguna.

Una objeción que se ha hecho reiteradamente es esta: si los Espíritus poetas pueden manifestarse, ¿por qué suelen dictar una poesía vulgar, en vez de obras maestras? ¿Por qué Homero no acude a brindarnos una nueva Ilíada; y Racine, una nueva Atalía? Y lo mismo preguntamos respecto de los hombres de genio en todos los géneros: la historia, la literatura, la música, etc.

En primer lugar, es necesario comprender el objetivo esencial y providencial de las manifestaciones. Ese objetivo consiste en demostrar mediante hechos materiales la existencia de los Espíritus y, por consiguiente, del alma, su destino y la vida futura. Ahora bien, así como una simple palabra, un mínimo trazo, bastan para revelar la presencia de seres humanos en un territorio que considerábamos desierto, las manifestaciones más vulgares pueden demostrarnos que el espacio está poblado por seres inteligentes, y que esos seres son las almas o Espíritus de los hombres. La cuestión fundamental no radica en saber si los Espíritus pueden elaborar obras maestras, sino en saber si ellos existen. Una obra maestra no convencería más que cualquier otra manifestación a los que no quieren admitir la existencia de los Espíritus; ese sería un trabajo de pura curiosidad, sin provecho para los que no creen, e inútil para los que sí creen y no tienen necesidad de esa prueba. Lo mismo podemos decir de las obras pictóricas, musicales y otras.

Además, los Espíritus superiores tienen ocupaciones adecuadas al medio en el que se encuentran, a las misiones que deben cumplir, y más útiles que recrear, para nuestra satisfacción, lo que han hecho en la Tierra. Cuando se acercan a nosotros, lo hacen para instruirnos, y no para cosechar aplausos. En caso de que vuelvan a reencarnar, aplicarán nuevamente su genio en las obras terrestres; pero a cada uno le corresponde su tarea según su posición: a los Espíritus encarnados, los trabajos humanos; a los desencarnados, los que les incumben en la erraticidad. Las relaciones que se establecen entre los Espíritus y los hombres tienen por objetivo el mejoramiento de estos últimos, así como su instrucción desde un punto de vista especial: su porvenir. Para eso basta con palabras simples y sin pretensiones literarias, que el común de los médiums puede transmitir perfectamente. Obras maestras excepcionales serían proezas que los asombrarían, pero no los harían mejores; además, esas obras exigirían instrumentos de una aptitud excepcional, capaces de vibrar al unísono con esos grandes Espíritus, y esos instrumentos son raros. La Providencia quiere que la enseñanza de los Espíritus llegue a todas partes, tanto a la choza como al palacio, de modo que no ha hecho de la mediumnidad un privilegio de los sabios o de los poderosos; ha dotado con ella a los hombres más humildes, para demostrarnos que el más pequeño puede contribuir a sus designios.

Es comprensible –se dirá– que los grandes poetas no transmitan obras maestras; pero ¿cómo es posible que comuniquen vulgaridades como las que a veces escriben ciertos médiums, firmadas con los nombres más respetables? ¿Cómo es posible que escriban versos sin rima ni sentido, en los que las reglas más elementales de la poesía son violadas escandalosamente? La respuesta es muy simple. Todos los defectos de los hombres se encuentran –como hemos dicho– en el mundo de los Espíritus. Así pues, entre ellos hay malos poetas obstinados, que, al dejar este mundo, no han renunciado a su manía de componer versos mediocres, y se complacen en firmarlos con nombres prestigiosos para ganarse el respeto de los ignorantes; son como el asno que se cubre con la piel del león. Algunos médiums, muy poco cultos, halagados a menudo por la visita de hombres ilustres, cometen el grave error de aceptar esos nombres con demasiada facilidad y sin el menor análisis. No obstante, cuando aparece un juez más esclarecido, percibe el engaño sin dificultad. Lamentablemente, si se interpone el amor propio, y el médium es fascinado por un Espíritu obsesor, aquel se sentirá dañado por la crítica, y ni siquiera la evidencia podrá abrirle los ojos.

Sabemos que los más grandes genios no siempre han compuesto obras maestras, y que algunas de sus producciones son muy deficientes; así pues, lo mismo puede ocurrir en el caso de las producciones mediúmnicas. No obstante, de la deficiencia a la vulgaridad hay una gran distancia; la vulgaridad se encuentra en el pensamiento más que en la forma; debajo de una forma, cuya incorrección puede deberse al instrumento, a menudo se encuentran pensamientos ingeniosos y profundos, que proceden de un Espíritu adelantado. Con todo, si a la imperfección de la forma se le agrega el vacío, la trivialidad, la vulgaridad propiamente dicha, de las ideas, podemos estar seguros de que se trata de un Espíritu vulgar que se engalana con un nombre falso.

La constatación de la identidad de los Espíritus a menudo presenta grandes dificultades y, en algunos casos, resulta absolutamente imposible. Así pues, es un error tomar partido por los nombres con que se firman algunas comunicaciones poéticas o de otro tipo. ¿Son buenas o malas, dignas o indignas del nombre que llevan? Esa es toda la cuestión. El autor de esta colección no ha cometido aquel error, tan común entre los médiums, y lo felicitamos por eso. Tampoco ha presentado estas poesías como obras maestras, ni como modelos del género, sino como muestra de una de las variedades de las producciones mediúmnicas, y deja que cada uno se ocupe de juzgar la mayor o menor probabilidad respecto de la identidad de las firmas.

En cuanto a nosotros, nuestro objetivo no ha sido abrir juicio acerca de este trabajo, sino que nos hemos propuesto ofrecer elementos para evaluarlo, explicando los principios fundamentales de la mediumnidad a quienes no los conocen.

Allan Kardec

 

Revista Espírita

Año IX – Número 8 – Agosto de 1866.

Poesías espíritas

Luego de transcribir las poesías Méry le Rêveur (grupo de M. L…, 4 de julio de 1866, médium: Sr. Vavasseur) y La prière de la mort pour les morts (Sociedad de París, 13 de julio de 1866, médium: Sr. Vavasseur), Allan Kardec escribe lo siguiente:

Ya hemos publicado otros fragmentos de poesía obtenidos por ese médium, en los números de junio y julio, con los títulos: À ton livre y La prière pour les Esprits. El Sr. Vavasseur es un médium versificador en la plena acepción de la palabra, porque es muy raro que obtenga comunicaciones en prosa y, pese a que es muy instruido y conoce las reglas de la poesía, nunca pudo componer versos por su cuenta. ¿Cómo sabéis eso –se nos preguntará–, y quién os dijo que lo que se supone que obtuvo mediúmnicamente no es producto de su composición personal? Nosotros le creemos, en primer lugar, porque él lo afirma, y porque lo consideramos incapaz de engañar; en segundo lugar, porque en él la mediumnidad es completamente desinteresada, de modo que no tendría ninguna razón para esforzarse inútilmente y representar una comedia indigna de un carácter honorable. No cabe duda de que el fenómeno sería más evidente y, sobre todo, más extraordinario, si él fuera completamente iletrado, como se observa en ciertos médiums, pero los conocimientos que él posee no podrían invalidar su facultad, toda vez que esta ha quedado demostrada mediante otras pruebas.

Que expliquen por qué, por ejemplo, si él quiere componer algo por su cuenta –hasta un simple soneto– no obtiene nada, mientras que, si no se lo propone y sin un fin premeditado, escribe fragmentos de largo aliento, de un tirón, con mayor rapidez y facilidad que si escribiera en prosa, y sobre un tema espontáneo y en el que no pensaba. ¡Qué poeta es capaz de semejante esfuerzo, renovado casi a diario? No podríamos dudar de que eso es así, porque los fragmentos que citamos, como muchos otros, han sido escritos ante nuestros ojos, en la Sociedad de París y en diferentes grupos, y en reuniones con frecuencia numerosas. Así pues, invitamos a todos los ilusionistas, que pretenden descubrir los supuestos trucos de los médiums imitando más o menos burdamente algunos efectos físicos, a que se enfrenten con ciertos médiums escribientes y aborden, incluso en simple prosa, instantáneamente, sin preparación ni correcciones, el primer tema que se les presente, así como las cuestiones más abstractas. Se trata de una prueba a la que ningún detractor ha querido someterse aún.

En este sentido, recordamos que hace seis o siete años un escritor y periodista, cuyo nombre a veces figura en la prensa junto a los que se burlan del espiritismo, acudió a nosotros presentándose como médium escribiente intuitivo, para ofrecernos su colaboración en la Sociedad. Le dijimos que, antes de aceptar su servicial ofrecimiento, debíamos conocer la extensión y la naturaleza de su facultad; de modo que lo convocamos a una sesión particular de ensayo, en la que se encontraban cuatro o cinco médiums. Apenas estos tomaron el lápiz, comenzaron a escribir con una rapidez que lo dejó atónito; por su parte, garabateó tres o cuatro líneas, con numerosas tachaduras, luego fingió que le dolía la cabeza, y dijo que eso perturbaba su facultad. Prometió volver, pero no lo vimos nunca más. Según parece, los Espíritus solamente lo asisten cuando está tranquilo y en su gabinete.

Es cierto que hemos visto improvisadores, como el finado Eugène de Pradel, que cautivan a los auditorios con su habilidad. Hay quienes se asombran de que esos improvisadores no publiquen nada, y la razón de que así sea es muy simple: lo que resulta seductor para el oído no es soportable para la lectura; no es más que un arreglo de palabras surgidas de una fuente abundante, donde excepcionalmente brillan algunos trazos espirituales, pero cuyo conjunto está vacío de ideas serias y profundas, y repleto de incorrecciones escandalosas. No podemos hacer el mismo reproche a los versos que hemos citado, a pesar de que se obtuvieron casi tan rápido como las improvisaciones verbales. Si fueran producto de un trabajo personal, sería una extraña humildad de parte del autor atribuir ese mérito a otros y no a sí mismo, privándose del honor que podría obtener con eso.

Si bien la mediumnidad del Sr. Vavasseur es reciente, él ya cuenta con una colección bastante importante de poesías, cuyo mérito es auténtico, y que tiene previsto publicar. Por nuestra parte, estaremos encantados de anunciar esa obra en cuanto aparezca, y no nos cabe duda de que será leída con interés.

 

Revista Espírita Diciembre de 1866

Año IX – Número 12.

En prensa:

El eco poético de ultratumba, poesías mediúmnicas, obtenidas por el Sr. Vavasseur. – Esta colección formará 1 volumen general, in-18, de alrededor de 200 páginas, con el formado de ¿Qué es el espiritismo? Precio: 2 francos; por correo: 2 francos, 20 centavos.

 

Revista Espírita Enero de 1867

Año X – Número 1.

Noticias bibliográficas

Poesías diversas del mundo invisible obtenidas por el Sr. VAVASSEUR.

Esta colección, que hemos anunciado en nuestro último número, aparecerá la primera quincena de enero. Nuestros lectores han podido juzgar el género y el valor de las poesías obtenidas por el Sr. Vavasseur –como médium, tanto en estado de vigilia como en estado de sonambulismo espontáneo– por los fragmentos que hemos publicado en esta Revista. Así pues, nos limitaremos a decir que, al mérito de la versificación, esas poesías suman el de reflejar, con la elegante forma poética, las consoladoras verdades de la doctrina. En ese sentido, tendrán un lugar de honor en las bibliotecas espíritas. Consideramos que era nuestro deber agregarle una introducción o, mejor dicho, una instrucción sobre la poesía mediúmnica en general, destinada a responder algunas objeciones de la crítica acerca de este género de producciones.

Algunas modificaciones introducidas en la impresión permitirán ponerle el precio de 1 franco; por correo: 1 franco, 15 centavos.

 

Revista Espírita Febrero de 1867

Año X – Número 2.

Ecos poéticos de ultratumba

Colección de poesías mediúmnicas obtenidas por el Sr. Vavasseur; precedida por un Estudio sobre la poesía mediúmnica, por el Sr. Allan Kardec. 1 vol. in-12, precio 1 franco. Por correo, para Francia y Argelia, 1 fr. 20 c. – París, librería central, 24, boulevard des Italiens; en las oficinas de la Revista Espírita, y en el domicilio del autor: 3, calle de la Mairie, en París-Montmartre.

Esta obra, acerca de la cual nos hemos referido en nuestro número anterior, y cuya impresión se había demorado, ya está a la venta.

 

Revista Espírita Noviembre de 1866

Año IX – Número 11.

Sonambulismo mediúmnico espontáneo

La última sesión de la Sociedad Espírita de París, antes del receso, ha sido una de las más notables del año, tanto por la cantidad y el alcance de las comunicaciones que se obtuvieron en ella, como por la producción de un fenómeno espontáneo de sonambulismo mediúmnico. Hacia la mitad de la sesión, el Sr. Morin, miembro de la Sociedad y uno de los médiums habituales, se durmió espontáneamente bajo la influencia de los Espíritus: algo que nunca le había sucedido. Entonces, habló con fervor y elocuencia sobre un tema de suma gravedad y del mayor interés, acerca del cual nos ocuparemos posteriormente.

En la sesión de reapertura, que ocurrió el viernes 5 de octubre, se produjo un fenómeno análogo, pero de más amplias proporciones. En la mesa había trece médiums. Durante la primera parte, dos de ellos, la Sra. C… y el Sr. Vavasseur, se durmieron, como lo había hecho el Sr. Morin, sin que nadie los indujera ni pensara en eso, bajo la influencia de los Espíritus. El Sr. Vavasseur es el médium poeta que con la mayor facilidad obtiene notables poesías, varias de las cuales hemos publicado en esta Revista. El Sr. Morin también estaba a punto de dormirse. Ahora bien, esto es lo que ocurrió durante el sueño de los dos primeros, que duró casi una hora.

El Sr. Vavasseur, con voz grave y solemne, dice: “Toda voluntad, toda acción magnética, es y debe permanecer ajena a este fenómeno. Nadie debe hablarle a mi hermana, ni a mí”. Al hablar de su hermana, se refería a la Sra. C…, es decir, a su hermana espiritual, dado que no son parientes. Después, se dirige al Sr. Morin, que se encontraba en el otro extremo de la mesa, extiende una mano hacia él, con un gesto imperativo, y le dice: “Te prohíbo que te duermas”. En efecto, el Sr. Morin, que se hallaba casi dormido, se despertó por su cuenta. Además, da la recomendación expresa de que no toquemos a ninguno de los dos médiums.

El Sr. V…, continúa: “¡Ah! Siento aquí una corriente fluídica perjudicial, que me fatiga… Hermana: ¿la sufres también?” – La Sra. C…: “Sí.” – El Sr. V…: “¡Mira! La Sociedad está muy concurrida esta noche. ¿Lo ves?” – La Sra. C…: “No muy claramente aún.” – El Sr. V…: “Quiero que lo veas.” – La Sra. C…: “¡Oh, sí! ¡Hay muchos Espíritus!” – El Sr. V…: “Sí, son muchos. ¡Es imposible contarlos!… Pero mira frente a ti. ¿No ves a un Espíritu luminoso, con una aureola más brillante…? ¡Parece que nos sonríe con benevolencia! Me dicen que es mi patrono (San Luis). Vamos, avancemos; vayamos los dos hacia él… ¡Oh! Tengo que reparar tantas faltas… (ahora se dirige al Espíritu:) ¡Querido Espíritu! Cuando nací a la vida, mi madre me dio tu nombre. Después, recuerdo que esa pobre madre me decía a diario: ¡Oh! Hijo mío, ruega a Dios; ora a tu ángel de la guarda; ora sobre todo a tu patrono. Más tarde, lo olvidé todo… ¡Todo!… La duda, la incredulidad, me han perseguido; en mi perdición te desconocí, desconocí la misericordia de Dios… Ahora, querido Espíritu, vengo a pedirte el olvido del pasado y el perdón en el presente… ¡Oh! San Luis, tú ves mi dolor y mi arrepentimiento, ¡olvida y perdona!” (Estas últimas palabras fueron pronunciadas en un tono de desesperación desgarrador).

La Sra. C…: “No hace falta llorar, hermano… San Luis te perdona y te bendice… Los Espíritus buenos no tienen resentimiento contra los que vuelven de sus errores. ¡Él te perdona! ¡Te lo aseguro!… ¡Oh! ¡Este Espíritu es bueno!… ¿Ves? Nos sonríe. (Lleva su mano al pecho.) ¡Oh! ¡Cuánto daño hace sufrir así!”.

El Sr. V…: “Él me habla… ¡Escucha!… Valor –me dice–; trabaja con tus hermanos. El año que comienza será fértil en grandes acontecimientos. Junto a vosotros surgirán grandes genios, poetas, pintores, literatos. La era de las artes sucede a la era de la filosofía. Si bien la primera ha hecho prodigios, la segunda hará milagros” (El Sr. V… se expresa con una vehemencia extraordinaria; se encuentra en el grado supremo del éxtasis).

La Sra. C…: “Cálmate, hermano. Pones demasiado fervor, y eso te hace mal. Cálmate”.

El Sr. V… (prosigue): “Pero ahí comienza la misión de vuestra Sociedad, misión muy importante y muy bella para los que la comprenden… Faro de la doctrina espírita, debe defenderla y propagar sus principios con todos los medios de que dispone. Por otra parte, su Presidente sabrá lo que debe hacer. Ahora, hermana, él se aleja; aún nos sonríe; nos dice con la mano: Hasta pronto… Vamos; subamos, hermana; debes presenciar un espectáculo espléndido, un espectáculo que los ojos terrenales nunca han visto… ¡nunca!… ¡nunca!… Sube… sube…

¡Quiero que subas! (silencio). ¿Qué ves?… ¡Mira este ejército de Espíritus!… Ahí están los poetas, que nos rodean… ¡Oh! ¡Cantad también, cantad!… ¡Vuestro canto es el canto del Cielo, el himno de la Creación!… ¡Cantad!… Sus murmullos acarician mis oídos… y sus acordes adormecen mi espíritu

¿No los oyes?…”.

La Sra. C…: “Sí, los oigo… Parecen decir que con el año espírita que comienza, también comienza una nueva etapa para el espiritismo… etapa brillante de triunfo y alegría para los corazones sinceros, pero de vergüenza y confusión para los orgullosos y los hipócritas. Para estos, las decepciones, el desamparo, el olvido, la miseria; para aquellos, la glorificación”.

El Sr. V…: “Ellos lo han dicho ya, y ahora se confirma”. La Sra. C…: “¡Oh! ¡Qué júbilo! ¡Cuánta magnificencia!

¡Cuánto esplendor deslumbrante! Mis ojos apenas pueden soportar su brillo. ¡Qué suave armonía se deja oír e invade el alma!… ¡Mira esos Espíritus buenos, que preparan el triunfo de la doctrina bajo la dirección de los Espíritus superiores y del gran Espíritu de Verdad!… ¡Cuán resplandecientes son, y cuánto habrá de costarles volver a habitar en un globo como el nuestro! Eso es doloroso, pero permite avanzar”.

El Sr. V…: “¡Escucha!… ¡Escucha!… ¡Escucha, te lo pido!” Entonces, el Sr. V… comienza a recitar los siguientes versos improvisados. Era la primera vez que componía poesía mediúmnica verbalmente. Hasta ese momento, las comunicaciones de ese género siempre habían sido impartidas espontáneamente por escrito:

Era una noche tormentosa;

el mar conducía sus muertos,

arrojando en la orilla

lúgubres acordes…

Un niño, aún pequeño,

de pie sobre un peñasco,

esperaba que la aurora

lo iluminara para andar,

para ir a la playa

en busca de su hermana

salva del naufragio,

con el corazón encantado.

¿Podría él, en esa playa,

verla como otrora,

sonriente e ingenua,

corriendo a su llamado?

Aquella noche horrible,

sobre las aguas extraviadas,

esa mano invisible,

que los separó,

¿los reuniría acaso?

¡Fue vana la esperanza!

La aurora surgió bella,

pero… nada le dejó ver.

¡Nada… salvo restos de un naufragio

de un barco destruido!

Nada… excepto las olas que lavan

lo que la noche ensució.

El oleaje, con misterio,

corría acariciando,

espumoso y leve,

amenazando al abismo

que a su víctima ocultaba,

sofocando su sollozo,

¡y quería de su crimen

a las olas exculpar

ante la brisa quejumbrosa!

El niño, cansado de buscar,

de correr por la playa,

ya no podía andar…

Sofocado, sin aliento,

cojeando… golpeado… herido…

apenas sosteniéndose,

se había detenido

sobre una piedra ardiente

del peñasco desnudo,

y elevaba una plegaria,

cuando un desconocido pasa.

Sorprendido, este observa

que el niño con fe oraba.

–¡Oh! hijo mío, Dios te guarde,

dijo él; ¡levántate!…

Ese Dios que ve tus lágrimas,

me puso en tu camino

para calmar tus alarmas

¡y tenderte la mano!

Que nada te retenga;

mi hogar es tu hogar,

y mi familia es tu familia,

tu desgracia es la mía.

Ven; dime tu pesar;

te abriré mi corazón,

y en breve la esperanza

calmará tu temor.

(Se dirige a la Sra. C…): “¿Lo ves? ¡Él se detuvo! ¡Pero aún tiene que hablar!… ¡Sí, se aproxima!… Los sonidos se tornan más nítidos… Los escucho… ¡Ah!

Ese pobre niño…

¡soy yo!

Ese desconocido…

(dirigiéndose al Sr. Allan Kardec)

eres tú,

¡Querido y honrado maestro!

Tú, que me hiciste conocer

dos palabras: ¡eternidad!

e… ¡inmortalidad!

Dos nombres: uno, ¡Dios!;

el otro, ¡alma!

Uno, ¡foco!; el otro, ¡flama!

Y vosotros, amigos queridos,

en este lugar reunidos,

sois la familia

donde, ahora tranquilo,

debo terminar mis días.

¡Oh!… ¡Amadme siempre!…

“Él huye… ¡Casimir Delavigne! … ¡Oh! ¡querido Espíritu… todavía! … ¡Se fue! … Vamos, no soy bastante fuerte para presenciar este concierto divino… Sí, es demasiado bello… ¡es demasiado bello! …”

La Sra. C…: “Él habría seguido hablando si tú hubieras querido; pero tu exaltación se lo impidió. Estás quebrantado, moribundo, jadeante; no puedes hablar más”.

El Sr. V…: “Sí, así me siento; aún es una debilidad (lo dice con un vivo sentimiento de pesar), y ¡debo despertarte!… muy pronto… ¿Por qué no quedarnos para siempre en este lugar? ¿Por qué volver a la Tierra?… Vamos, ya que es preciso, hermana, hay que obedecer sin quejarnos… Despierta, yo así lo quiero. (La Sra. C… abre los ojos.) A mí me puedes despertar agitando tu pañuelo. ¡Me sofoco! ¡Aire!… ¡Aire!…”.

Estas palabras y, sobre todo, los versos, fueron pronunciados con un énfasis, una efusión de sentimientos y un fervor expresivo, de los que solo las escenas más dramáticas y patéticas pueden dar una idea. La emoción de los presentes era general, porque se sentía que no era una declamación, sino que la propia alma hablaba desprendida de la materia…

Rendido de cansancio, el Sr. V… se vio obligado a dejar la sala, y permaneció exhausto durante mucho tiempo,

dominado por una somnolencia de la que pudo salir poco a poco y por su cuenta, pues no quiso que nadie lo ayudara.

Esos hechos confirman las previsiones de los Espíritus acerca de las nuevas formas que no tardaría en asumir la mediumnidad. El estado de sonambulismo espontáneo, en el cual se desarrollan al mismo tiempo la mediumnidad parlante y la vidente, es, en efecto, una facultad nueva, en el sentido de que parece generalizarse; se trata de un modo particular de comunicación, que tiene su razón de ser en este momento, más que anteriormente.

Por otra parte, ese fenómeno sirve más como complemento de las instrucciones de los Espíritus, que como medio para convencer a los incrédulos, pues estos no verían en él otra cosa más que una comedia. Tan solo los espíritas esclarecidos pueden, no solamente comprenderlo, sino descubrir en él las pruebas de la sinceridad o del charlatanismo, como en los demás tipos de mediumnidad; solo ellos pueden determinar lo que es útil en él, deduciendo sus consecuencias para el progreso de la ciencia, en la cual los hace ingresar más a fondo. Asimismo, esos fenómenos generalmente solo se producen en la intimidad; y ahí, además de que los médiums no tendrían ningún interés en simular una facultad inexistente, la superchería sería desenmascarada de inmediato.

Los matices de observación son aquí tan delicados y sutiles, que requieren una atención constante. En ese estado de emancipación, la sensibilidad y la impresionabilidad son tan intensas que la facultad no se puede desarrollar en todo su esplendor excepto bajo una influencia fluídica completamente simpática; una corriente contraria basta para alterarla, como el aliento que empaña un espejo. La sensación penosa que siente el médium hará que este se repliegue, como la sensitiva ante la proximidad de la mano. Su atención se vuelve, entonces, en dirección a esa corriente desagradable; el médium capta el pensamiento que la originó, lo ve, lo lee, y cuanto más antipático lo siente, más se paraliza. ¡Júzguese a partir de eso el efecto que debe producir un conjunto de pensamientos hostiles! Así pues, este tipo de fenómenos no se presta en absoluto para las exhibiciones públicas, en las que la curiosidad es el sentimiento dominante, toda vez que no lo sea el de la malevolencia. Además, esos fenómenos requieren, de parte de los testigos, una prudencia extrema, porque no hay que perder de vista que en esos momentos el alma del médium apenas se encuentra unida al cuerpo mediante un frágil lazo, y que una conmoción puede causar, como mínimo, graves desórdenes en su organismo. Una curiosidad indiscreta y brutal puede dar lugar a las más funestas consecuencias. Por eso, nunca se obraría con exceso de precaución.

Cuando el Sr. V… dice, al comienzo, que “toda voluntad, toda acción magnética, es y debe permanecer ajena a este fenómeno”, deja claro que solamente la acción de los Espíritus es su causa, y que nadie podría provocarlo. La recomendación de no hablar a ninguno de los dos médiums tenía como objetivo dejar que se entreguen por completo al éxtasis. Las preguntas habrían causado el efecto de detener el auge de sus Espíritus, pues los llevarían de regreso a lo terrenal y desviarían sus pensamientos del objeto principal. La exaltación de la sensibilidad también haría necesaria la recomendación de no tocarlos. El contacto habría causado una conmoción dolorosa y perjudicial para el desarrollo de la facultad.

De acuerdo con eso, se comprende por qué la mayoría de los hombres de ciencia quedan decepcionados cuando se los invita a constatar los fenómenos de este tipo. No es debido a su falta de fe –como ellos dicen– que los Espíritus se niegan a producir el efecto, sino que ellos mismo, por sus disposiciones morales, generan una reacción contraria; en vez de ajustarse a las condiciones del fenómeno, pretenden someter el fenómeno a sus propias condiciones. Quisieran encontrar en él la confirmación de sus teorías anti espiritualistas, porque para ellos solamente ahí está la verdad, y se sienten ofendidos, humillados, al recibir un desmentido a través de los hechos. Entonces, como no obtienen nada, o apenas obtienen cosas que contradicen su manera de ver, en lugar de reconsiderar su opinión, prefieren negar o decir que solo se trata de una ilusión. ¿Cómo podría ser de otro modo entre personas que no admiten la espiritualidad? El principio espiritual es la causa de fenómenos de un orden particular; buscar esa causa fuera de dicho principio sería como buscar la causa del rayo fuera de la electricidad. Dado que no comprenden las condiciones especiales del fenómeno, experimentan sobre el paciente como lo hacen sobre un frasco de productos químicos; lo torturan como si se tratara de una operación quirúrgica, con el riesgo de comprometer su vida o su salud.

El éxtasis, que es el nivel más elevado de la emancipación, exige tantas más precauciones cuanto que, en ese estado, el Espíritu, embriagado por el espectáculo sublime que tiene a la vista, generalmente no pide otra cosa más que permanecer donde está y dejar la Tierra por completo. Muchas veces, incluso, hace esfuerzos para romper el último lazo que lo mantiene atado al cuerpo; y si su razón no fuera bastante fuerte para resistir la tentación, se dejaría ir de buen grado. En tal caso, hay que acudir en su auxilio con una firme voluntad, sacándolo de ese estado. Se comprende que aquí no hay una regla absoluta, y que es preciso obrar conforme a las circunstancias.

En ese sentido, uno de nuestros amigos nos ofrece un interesante tema de estudio.

En cierta oportunidad se había intentado magnetizarlo, pero inútilmente; desde hace algún tiempo, cae espontáneamente en el sueño magnético bajo la influencia de la más leve causa; basta con que escriba algunas líneas mediúmnicamente, y a veces con una simple conversación. Durante el sueño, tiene percepciones de un orden muy elevado; habla con elocuencia y profundiza con una lógica notable los temas más serios. Ve perfectamente a los Espíritus, pero su lucidez presenta diferentes grados, por los cuales pasa alternativamente; el grado más ordinario es un semiéxtasis. En ciertos momentos, se exalta, y si experimenta una viva emoción –lo que es frecuente–, exclama con una especie de terror, y a menudo en medio de la más interesante conversación: ¡Despertadme ahora mismo! No hacerlo sería imprudente. Por fortuna, nos indicó el modo de despertarlo instantáneamente, que consiste en soplar con fuerza sobre su frente, dado que los pases magnéticos producen un efecto muy lento o nulo.

Acerca de su facultad, esta es la explicación que nos brindó uno de nuestros guías, con el auxilio de otro médium:

“El Espíritu del Sr. T… se ve impedido de alcanzar el auge debido a la prueba material que eligió. El instrumento que él utiliza –su cuerpo–, en el estado actual en que se encuentra, no es bastante manejable para que le permita asimilar los conocimientos necesarios, o utilizar los que posee, motu proprio y en estado de vigilia. Cuando él está dormido, su cuerpo deja de ser un obstáculo y se convierte apenas en el portavoz de su propio Espíritu, o de aquellos Espíritus con los cuales se relaciona. La fatiga material, inherente a sus ocupaciones, así como la ignorancia relativa que padece en esta encarnación, toda vez que en cuestiones de ciencia no sabe más que lo que él se reveló a sí mismo, todo eso desaparece para dar lugar a una lucidez de pensamiento, a un alcance del razonamiento, y a una elocuencia excepcional, que son producto del desarrollo anterior de su Espíritu. La frecuencia de sus éxtasis simplemente tiene por finalidad habituar su cuerpo a un estado que, durante cierto periodo y con miras a un objetivo ulterior especial, podrá llegar a ser, de algún modo, normal. Cuando él pide que se lo despierte de inmediato, eso se debe a su deseo de cumplir estrictamente su misión. Encantado con las escenas sublimes que se le presentan, así como con el medio en que se encuentra, quisiera liberarse de los lazos terrenales y quedarse definitivamente entre los Espíritus. Su razón y su deber, que lo retienen en este mundo, combaten ese deseo; y por miedo a dejarse dominar y sucumbir a la tentación os grita para que lo despertéis”.

Dado que estos fenómenos de sonambulismo mediúmnico espontáneo deben multiplicarse, el objetivo de las instrucciones precedentes consiste en guiar a los grupos donde podrían llegar a producirse, tanto para la observación de esos hechos como para que se comprenda la necesidad de aplicar la máxima prudencia en tales casos. De lo que es preciso abstenerse de manera absoluta, es de transformarlos en objeto de experimentación y de curiosidad. Los espíritas podrán obtener de esos fenómenos grandes enseñanzas, adecuadas para esclarecer y fortificar su fe, pero –lo reiteramos– no serían de provecho para los incrédulos. Los fenómenos destinados a convencer a estos últimos, y que pueden llegar a producirse abiertamente, son de otro orden, y entre ellos algunos tendrán lugar, e incluso ya se producen, al menos en apariencia, fuera del espiritismo. La palabra espiritismo asusta a los incrédulos; de ese modo, si no es pronunciada, eso será una razón más para que se ocupen de él. Así pues, los Espíritus son prudentes cuando a veces cambian la etiqueta.

La utilidad especial de esta mediumnidad se encuentra en la prueba de algún modo palpable que ella ofrece acerca de la independencia del Espíritu por su aislamiento de la materia. Como hemos dicho, las manifestaciones de este tipo esclarecen y fortifican la fe; nos ponen en contacto más directo con la vida espiritual. ¿Cuál es el espírita tibio o inseguro que se mantendría indiferente en presencia de hechos que, por decirlo de algún modo, le permiten tocar con el dedo la vida futura? ¿Cuál es el que podría seguir dudando de la presencia y la intervención de los Espíritus? ¿Cuál es el corazón bastante endurecido para no conmoverse con el aspecto del porvenir que se despliega ante él, y que Dios en su bondad le permite vislumbrar?

Pero esas manifestaciones tienen otra utilidad, más práctica, más actual, porque servirán más que otras para levantar el ánimo en los momentos duros que habremos de afrontar. En el momento de la tormenta nos sentiremos dichosos de sentir junto a nosotros a los protectores invisibles. Entonces, descubriremos el valor de esos conocimientos, que nos elevan por encima de la humanidad y de las miserias de la Tierra, que alivian nuestros pesares y temores, al hacer que veamos solamente lo que es importante, imperecedero y digno de nuestras aspiraciones. Se trata de un auxilio que Dios envía en el momento oportuno a sus fieles servidores, y es también una señal de que los tiempos señalados han llegado. Sepamos aprovecharlo para nuestro adelanto. Agradezcamos a Dios por haber permitido que fuéramos esclarecidos a tiempo, y lamentémonos por los incrédulos, que se privan de esta inmensa y suprema consolación, porque la luz ha sido difundida para todos. Mediante la voz de los Espíritus, que hablan en toda la Tierra, Dios hace un último llamamiento a los empedernidos. Imploremos su indulgencia y su misericordia para los ciegos.

El éxtasis es, como hemos dicho, un estado superior de desprendimiento, del cual el estado sonambúlico es uno de los primeros grados, pero que no implica en modo alguno la superioridad del Espíritu. El desprendimiento más completo es, sin duda, el que sigue a la muerte. Ahora bien, vemos que en ese momento el Espíritu conserva sus imperfecciones y sus prejuicios, que comete errores, se engaña, e incluso manifiesta las mismas inclinaciones. Sucede que las buenas y las malas cualidades son inherentes al Espíritu, y no dependen de causas exteriores. Las causas exteriores pueden paralizar las facultades del Espíritu, que las recobra en el estado de libertad, pero son impotentes para otorgarle las que no tiene. El sabor de un fruto está en el propio fruto; sea lo que fuere que se haga con él, o dondequiera que se lo coloque, si es insípido por naturaleza, no se volverá sabroso. Lo mismo sucede con el Espíritu. Si el desprendimiento completo, después de la muerte, no lo convierte en un ser perfecto, con menos razón podrá llegar a serlo durante un desprendimiento parcial.

El desprendimiento extático es un estado fisiológico, indicio evidente de cierto grado de adelanto del Espíritu, pero no de una superioridad absoluta. Las imperfecciones morales que se deben a la influencia de la materia desaparecen junto con esa influencia, razón por la cual se observan, en general, en los sonámbulos y en los extáticos, ideas más elevadas que en el estado de vigilia. No obstante, las que obedecen a la cualidad misma del Espíritu continúan manifestándose, a veces incluso con menos moderación que en el estado normal. Liberado de toda coerción, a veces el Espíritu da rienda suelta a sentimientos que, como hombre, procura disimular a los ojos del mundo.

De todas las tendencias malas, las más persistentes y que menos nos confesamos a nosotros mismo son los vicios radicales de la humanidad: el orgullo y el egoísmo, que engendran los celos, las mezquinas susceptibilidades del amor propio, la exaltación de la personalidad, que a menudo se revelan en el estado de sonambulismo. El desprendimiento no las genera, tan solo las desenmascara; están latentes, y se vuelven sensibles a consecuencia de la libertad del Espíritu.

Así pues, no esperemos encontrar en los sonámbulos y en los extáticos ninguna especie de infalibilidad, ni moral, ni intelectual. La facultad de que gozan puede ser alterada por las imperfecciones de su propio Espíritu. Sus palabras pueden ser el reflejo de sus pensamientos y sus sentimientos. Además, pueden sufrir los efectos de la obsesión, tanto como en el estado ordinario, y ser juguete de las más extrañas ilusiones por parte de los Espíritus frívolos o mal intencionados, tal como lo demuestra la experiencia.

Por consiguiente, sería un error creer que las visiones y las revelaciones del extático no son otra cosa más que la expresión de la verdad. Como al resto de las manifestaciones, es preciso someterlas al tamiz del buen sentido y de la razón, distinguir lo bueno de lo malo, lo que es racional de lo que es ilógico. Si ese tipo de manifestaciones se multiplica, es mucho menos con el fin de brindarnos revelaciones extraordinarias, que de proporcionarnos nuevos temas de estudio y de observación acerca de las facultades y las propiedades del alma, así como de darnos una nueva prueba de su existencia y de su independencia de la materia.

Allan Kardec

Descargas

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Notas

  1. El libro de los Espíritus y El libro de los médiums, de Allan Kardec.
  2. Véase: Eugène de Pradel (1784-1857). Allan Kardec lo menciona también en un artículo de la Revista Espírita (Año 9 – Número 8 – Agosto de 1866) en el que se refiere a la mediumnidad del Vavasseur, y que hemos incluido en esta obra, juntamente con el artículo “Sonambulismo mediúmnico espontáneo” (Año 9 – Número 11 – Noviembre de 1866). (N. del T.).