Obsérvate desde más arriba

Anteriormente habíamos hablado de la necesidad del conocimiento de uno mismo, de ese escrutar interior como vía indispensable de progreso y de crecimiento espiritual. Es una especie de ojo interior que podemos desarrollar con la práctica y la observación en nuestro día a día, tratando de conocernos mejor, analizando nuestros pensamientos, actitudes y acciones, un tema que ya desarrollamos en el artículo conócete a ti mismo.

Hoy tratamos de descubrir otras potencialidades de esta práctica de la observación que no solo puede mirar hacia adentro como también puede hacer zoom, alejarse, mirar hacia atrás, al lado y a los que tenemos cerca, visualizando el porvenir, y elevando nuestra vista hacia Dios.

La mayoría pasa por el mundo sin detenerse y mucho menos preocuparse con esas observaciones internas, como tampoco se aperciben de la realidad que les envuelve desde un interesante y útil prisma, el de observarnos desde un plano más alto, como cuando alejamos el mapa de nuestro gps para comprobar si vamos en el camino correcto.

Enfrascados en nuestras preocupaciones solo vemos de dentro hacia fuera, es nuestro ego frente al mundo y a los demás. Además nos conformamos con el limitado margen de realidad de nuestros sentidos físicos.

Algunos se encuentran en una permanente o reiterada sensación de oscuridad, en una fría noche de insatisfacciones, miedos y ansiedades. En una tristeza enfermiza que crece y aumenta como un tumor maligno. ¿Cuál es la causa? ¿Serán las tribulaciones materiales, los problemas de la vida, que no son otra cosa que medios de aprendizaje para nuestra evolución espiritual?

Todas, absolutamente todas las dificultades que enfrentamos vienen en el momento preciso y a la persona que corresponde, y por difícil y dura que parezca nuestra prueba, si ha llamado a nuestra puerta es que tenemos condiciones de superarla. O dicho de otra manera nunca se nos ponen pruebas superiores a nuestro nivel o para las cuales no tengamos herramientas internas que nos permitan superarlas, pero podemos pasar años detenidos en el sufrimiento, perdidos, enfocando justo el lado que no debemos.

Cuando la prueba llega no es el momento de huir, de doblegarnos, de encorvarnos y mirar nuestro ombligo, es justo lo contrario. Es la hora de ponerse de pie para ver desde más alto, incluso a veces es necesario saltar para ver lo que hay al otro lado del muro de nuestro materialismo y de nuestra ignorancia. Ese pequeño salto soluciona en realidad la mayoría de nuestros problemas porque nos abre el panorama de nuestra espiritualidad, a partir del cual podemos descubrir nuestra verdadera esencia y empezar a resolver los viejos enigmas del ser y del destino.

La oscuridad que crece y nos envuelve es en realidad una especie de neblina sobre la cual brilla un espléndido sol, basta elevarse un poco. Incluso en aquellos momentos de tormenta, en los que relampaguea la desesperanza, y los rayos del dolor alcanzan nuestro corazón, también ahí, en esos casos, podemos elevarnos por encima de esas oscuras nubes y comprobar que el sol sigue ahí radiante y resplandeciente.

Cuando recibía una decepción, una contrariedad cualquiera, me elevaba con el pensamiento por encima de la humanidad, penetraba por anticipado en la región de los Espíritus, y desde este lugar culminante desde donde descubría mi obra, las miserias de la vida resbalaban sobre mí sin hacerme daño. Me habitué tanto a esto, que los gritos de la injusticia jamás ofuscaron mi razón.

Allan Kardec

Habituémonos a elevar nuestro pensamiento, a mirar por encima no ya de la humanidad, basta que nos acostumbremos a observarnos con el pensamiento desde más alto, viendo la pequeñez e insignificancia del lugar y el momento presente ante la magnificencia de nuestro entorno, de este hogar nuestro que es el Universo. Este destino que nos ha tocado pasará, a este momento difícil le sucederá otro más benigno; pero mientras esperamos que pase la tormenta podemos atisbar la luz que la cubre, es suficiente elevarnos un poco.

Todos somos más capaces de lo que pensamos, pues todos tenemos un largo recorrido en el transcurso de las edades y los siglos, ya hemos superado muchos obstáculos y tempestades en otras existencias. Esa voz del pasado emerge en los momentos difíciles para darnos la fuerza que necesitamos. Aunque es una voz tenue e inaudible para el que se queja o para el que no sabe elevarse sobre la tormenta, pero podemos elevar su volumen en la medida que nos elevamos nosotros mismos.

Todos estamos destinos a crecer, a tomar el vuelo del progreso pero cuando nos encerramos en el estrecho círculo de nuestro individualismo nos empequeñecemos, detenemos nuestra marcha, por eso es necesario el dolor que tarde o temprano nos saca de ese círculo de estancamiento. Llegado cierto grado de evolución podremos observar la acción misteriosa del dolor, comprenderemos su acción y sus beneficios en nosotros, y el porqué es un medio de acelerar la conquista de nuestra felicidad futura.

A pesar del progreso de la civilización, de la ciencia y de la medicina aparecen nuevas enfermedades y pandemias como un punzante martilleo de dolor para esta humanidad que todavía no está acorde con las leyes universales. Pero estamos en el camino y día llegará en el que el mal desaparezca de este planeta y el dolor de paso a la paz, día llegará que no tengamos oscuras tormentas porque ya no sea necesario enseñarnos a elevarnos por estar ya elevados. El mal está solo en la inferioridad del alma, en sus desequilibrios respecto a las leyes divinas pero a medida que se acerca a la sabiduría y la verdad las causas de sufrimiento se atenúan.

Hay veces que un gran dolor nos hace sentir una acción benéfica, una claridad nueva y desconocida que de un solo golpe nos levanta a grandes alturas que algunos solo consiguen tras años de estudio y trabajo. En esos casos el dolor se torna un trampolín para nuestra elevación.

Pero nuestro objetivo no debe ser evolucionar por el dolor sino por el amor. Por el estudio y la práctica del bien evitaremos dolores futuros, entretanto preparémonos para los que nos resten por vivir en esta existencia, e igual que recomendamos la práctica del autoconocimiento proponemos sumarle el hábito de vernos desde más arriba, cambiar el prisma con el que observamos nuestras tribulaciones.

No esperemos a iniciar esta práctica en los momentos difíciles, el buen soldado se entrena durante la paz, y a todos nos quedan muchas batallas que superar, basta que dediquemos unos instantes al día a observarnos desde más arriba.

Salvador Martín

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