¡La Idea de Dios!

Este era el título de uno de los artículos del primer número de la Revista Espiritista de Amalia Domingo Soler La Luz del Porvenir, del 22 de mayo de 1879. Este artículo provocaría la censura de la reconocida revista poco antes de un mes después de publicarse. Llegó a ser suspendida por orden de la autoridad durante 42 semanas, debido a que la policía de prensa de Alfonso XII había denunciado esa idea de Dios del primer número, finalmente fueron menos semanas pero esto lo contaremos en un próximo artículo dedicado en exclusiva a una de las revistas espiritistas más importantes del movimiento espírita español.

Apenas unos meses antes de salir la revista, el 7 de enero de 1879 se había promulgado la Ley de Prensa. Esta ley  establecía una amplia tipificación de los delitos de imprenta como injuriar a la religión del Estado, ridiculizar a los cuerpos estatales, etc. Estos delitos se juzgaban en los Tribunales Especiales de Imprenta.

Rescatamos aquel artículo al que le cupo el honor de la censura y de la represión del poder vigente, generalmente influenciado muy de cerca por otro poder regente, el de aquella gente de púrpura y sotana, que como tantas otras veces querían esconder la candela debajo del celemín, saltándose la recomendación cristiana.

¡La Idea de Dios!

La idea de Dios ha sido hasta ahora muy mal desarrollada por aquellos que estaban encargados de instruir al pueblo.

Se le elevaba demasiado alto y se le humillaba enseguida hasta la servidumbre.

Se exaltaba su bondad y después, sin piedad, se le colocaba en el rango de los hombres más bárbaros, más crueles y más injustos.

El espíritu no podía, pues, definir a Dios.

Cuando se hablaba de su bondad estaba demasiado alto para poderlo alcanzar.

Y cuando se hablaba de sus venganzas estaba demasiado bajo para poder descender hasta él.

La ciencia es el análisis de Dios y de la Creación.

El Espíritu de Goethe

 

Estamos en un todo conformes con lo que dice el espíritu del célebre poeta alemán. Parece increíble que la humanidad haya creado tantos dioses desconociendo al Dios de la verdad, al artista omnipotente que creó tantas maravillas en los innumerables mundos que pueblan el espacio.

¿Cómo una causa tan grande ha producido efectos tan pequeños?

Este sí que es un misterio superior a nuestra inteligencia: aunque bien considerado se puede descifrar este problema. Nunca el talento y la moralidad caminaron perfectamente unidos; siempre parece que una virtud vive a expensas de otro sentimiento generoso, y no de otro modo puede explicarse cómo los sabios, los grandes hombres, los padres de la iglesia primitiva, los que cita la historia y la tradición (más o menos verídica) pudieron a sabiendas convertirse en santones y en dioses, teniendo especial cuidado en dejar a las multitudes sumergidas en el abatimiento más profundo, sin dejarlas concebir la más leve idea que pudiera conducirlas a saber pensar y querer; que como dice muy bien un espíritu: “La religión de formas, solamente puede mortificar a la materia, pero jamás educa el alma”. Ninguna religión positiva nos hace comprender que la conciencia es un huésped divino que está alojado en nuestra materia.

El creyente rutinario no se crea otra obligación que cumplir con el formalismo; ante el tribunal de la penitencia, confía sus secretos a otro hombre tan débil y tan pecador como él, y encierra el infinito en tan reducido espacio, que parece increíble que su espíritu pueda vivir sin asfixiarse.

Cuando se llega a vislumbrar un destello de la verdad, cuando un reflejo de la razón viene a herir nuestra debilitada inteligencia, ¡cuán pequeños, cuán pobres, cuán ilógicos nos parecen los cultos pagados que se verifican en todos los templos!

Cuando no conocíamos el espiritismo y entrabamos en el templo, nos impresionaba penosamente el lujo de las imágenes; nosotros queríamos algo más grave, más elevado, más inmaterial; por esto las capillas protestantes con sus paredes desnudas, sus salmos y su biblia nos agradaron muchísimo más; y al pastor con su toga, con ese traje ennoblecido por los doctores de todas las ciencias, lo encontrábamos más digno, más severo, más propio, más respetable, más en armonía con la época actual positivista por excelencia, racionalista en grado máximo.

¿No es amargamente triste entrar en una iglesia católica y ver tantos pobres acurrucados a los lados de la puerta, pálidos y harapientos, y a cincuenta pasos ver a las imágenes ricamente vestidas, adornadas con preciosas joyas, y algunas de ellas que el vulgo cree milagrosas, rodeadas de diversos objetos en testimonio del milagro que hicieron?

¿No es doloroso ver tanto dinero gastado inútilmente, y a tanto infeliz que al pie de aquellos altares se muere de hambre y de frio?

¡Oh, esto es cruel, y hasta inverosímil que suceda en el siglo del vapor!

¡La idea de Dios! esa necesidad del alma de buscar un ser superior, a quien pedirle consejo en las tribulaciones de la vida, cuanto más grande, cuanto más pura y más real la delinea el espiritismo sin que por esto el espíritu débil y materializado deje de tener sus genios tutelares, su culto íntimo, y sus ofrendas, y sus promesas, y todos esos pequeños detalles que son necesarios para la vida de algunos seres.

Por ejemplo: si una familia ve enfermar al jefe de ella, ruega fervorosamente a Dios que aparte de sus labios el cáliz de la amargura ¿no puede, si el enfermo recobra la salud, hacer partícipe de su alegría, no a un santo de palo, sino a uno o más pobres diciéndoles: Tomad: nosotros hoy somos felices, y necesitamos ver el placer en torno nuestro; entonemos juntos un himno de amor ya que la providencia nos sonríe. Y si, por el contrario, la muerte lo arrebata, ¡cuánto más beneficioso sería que, en lugar de lujosos funerales, se diera a los pobres la cantidad que se debía emplear en ellos, o si es muy crecida, destinarla a la creación de una escuela, de un hospicio, de una biblioteca, de un establecimiento, en fin, útil a todos, y no ese estancamiento de capitales que solo sirve para conservar la momia de los siglos, la religión romana?

¡Oh, razón pura! ¡cuán hermosa, cuan sabia eres! Se comprende lo que vales cuando se compara tu sencillez y tu verdad, con el amaneramiento, con el pobre lujo de la cohorte de sacerdotes que compone el clero actual.

No dudamos nosotros que las masas ignorantes necesitan todavía alguien a quien respetar; pero el sacerdote de nuestros sueños es más dulce, más humano, más racional que el ministro católico; le queremos casado, rodeado de su familia como el pastor protestante, hombre a la faz de la tierra disfrutando legítimamente, sin disfraz alguno, de aquellos goces y de aquellos derechos que tiene la humanidad en el mundo, sin la violencia y el escándalo de los votos, sin las primicias antilógicas que tiene hoy el nombre que se dedica al sacerdocio pagado.

No queremos la predicación de una doctrina que impone la clausura a las esposas del Señor; ridícula manía es la de aplicar a Dios todas nuestras costumbres y nuestros sentimientos, hacerle como nosotros interesado, otorgando gracias si le prometemos recompensas, y por último celebrando el casamiento con todas las comunidades religiosas como si Dios fuera un simple mortal sujeto a simpatías especiales y a determinadas afecciones.

Dice el espíritu de Goethe “que la ciencia es el análisis de Dios y de la creación” y es una gran verdad.

Nosotros al entrar en un templo, por muy adornado y resplandeciente que lo encontremos, siempre nos produce una impresión penosa, y murmuramos con tristeza: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la humanidad gemirá esclava de su ignorancia?

En cambio; cuando estamos en medio de una feraz campiña y escuchamos el silbido de la locomotora, decimos con Grilo:

¿No escucháis esa máquina sonora

Que es de la fuerza impenetrable escudo?

¡Es la soberbia, audaz locomotora!

Es del siglo la voz! … ¡Yo la saludo!

 

Y después recordando a Rivera repetimos algunos de los magníficos versos que dedicó a la máquina que sintetiza el progreso, exclamando al ver pasar la nube de humo que de ella se desprende.

¡Vedla flotar! —Desde el cercano monte

Yo la miro extenderse, semejando

Rico penacho que gallardo ondea

Del firmamento el pabellón bordando…

No la rompas ¡oh Sol! — Viento detente

Que no es la destrenzada cabellera

De un númen infernal; es el saludo

Que hace la ciencia a la divina esfera,

Y hasta ella sube gigantesco y mudo!

Con fuerza colosal se precipita

Ya, la locomotora

Y escándalo del viento, el viento irrita

Su marcha triunfadora.

 

Cuando escuchamos los cantos de los ruiseñores, y la voz titánica de la locomotora que dice a todos los hombres: ¡Venid, pueblos de este pequeño mundo, dadme el suelo de vuestras campiñas, yo las cubriré con las flores de la civilización, yo soy el mayo de los siglos que tiene la varita mágica del progreso; no temáis, yo soy un mensajero de la luz! ¡Yo soy un eco de la voz de Dios!

¡Cuando vemos los hilos del telégrafo, los grandes vapores, los globos, los telescopios, los microscopios, los gabinetes de física, todo lo que aspira en fin al estudio de la naturaleza, cuando vemos a los ciegos leer, y a los mudos hablar traduciendo su pensamiento en fácil escritura y en rápidos signos, cuando vemos desaparecer el imposible ante la potencia de la voluntad! Entonces exclamamos: ¡Dios existe! ¡Dios es una verdad! Y, por último, cuando vemos a un hombre de escasos conocimientos que no posee el don de la oratoria, transformarse por medio del magnetismo espiritual en un orador elocuente lleno de sentimiento, de entusiasmo, de razón y de verdad, entonces, cuando vemos que el espíritu vive más allá de la tumba, nuestra mirada traspasa las capas atmosféricas que envuelven la tierra y el pensamiento vuela por las regiones del infinito y encuentra a Dios en la eternidad.

Si, a Dios, pero no al Dios del Sinaí lanzando rayos y anatemas, no al Dios de la iglesia pequeña con el purgatorio y el infierno, sino al Dios de la ciencia, del amor, del progreso indefinido, al Dios que no destruye nada de lo creado, a esa alma de los mundos sin forma determinada, pero de cuya vida vivimos, esencia de cuanto existe que germina en los pesados planetas y en el invisible infusorio, algo que la mente concibe pero que ni la palabra puede expresar, ni el pincel retratar, ni el cincel grabar, ese ideal realizado en la creación, esa causa que desconocemos en sus efectos, este es el Dios que nosotros adoramos, cuya imagen vemos en la caridad, en el amor, porque Dios creando los mundos con sus diversas especies, ¿qué otra cosa es sino un caudal inagotable de amor divino que fecunda los reinos mineral, vegetal, animal y hominal?

Ahora bien; cuando un hombre instruye al niño, viste al desnudo, calma la sed del sediento, el hambre del hambriento aconseja al atribulado, consuela al afligido, visita al enfermo, compadece al delincuente. ¿No es este espíritu la imagen de Dios, es decir, todo lo que pueden ver nuestros ojos materiales e intelectuales en este planeta que más se asemeje a la suprema perfección?

Los hombres buenos, las almas virtuosas, son los únicos sacerdotes a quien concedemos la supremacía de ser intérpretes de Dios.

El sacerdocio de la caridad es el único culto que debemos ofrecer a Dios, no precisamente dando limosna al mendigo: la caridad se multiplica sin acabarse nunca de sumar sus innumerables unidades.

¡Oh, idea de Dios, lumbrera del entendimiento convertida en incendiaria tea por la ambición y el egoísmo! ¡Tú eres la estrella polar del espíritu cuando este raciocina, y el espiritismo ha venido a disipar las nubes que te ocultaban a nuestros ojos!

¡Bien hallada la filosofía que ha venido a fotografiar el porvenir! Ella ha venido a levantar un templo gigante, templo que no lo derrumbarán ni la pesadumbre de los siglos, ni las violentas erupciones de los volcanes sociales.

Ella le ha dado al hombre la ciencia, pedestal indestructible donde se levanta la razón. El espiritista verdadero anhela progresar, y el progreso es la llama imperecedera que le prestará luz y calor en su eterno viaje.

La idea que de Dios tiene formada el espírita, es hasta nuestros días la más racional. Felices nosotros que nos proclamamos deístas espiritistas; nuestro Dios lo simboliza la caridad y la ciencia. ¡Bendito sea el espiritismo!

Amalia, Domingo y Soler.

Gracia

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