¿Cristianismo y Reencarnación?

Los primeros cristianos eran reencarnacionistas. Hasta que en el segundo Concilio de Constantinopla, el quinto ecuménico de la Iglesia Católica, celebrado en el año 553, en el reinado del emperador bizantino Justiniano I, se declararon catorce anatemas, entre ellos el que prohibía a los católicos postular la herejía de la preexistencia de las almas y las reencarnaciones. Creencia postulada sobre todo por Orígenes, que era en ese entonces el más reconocido, respetado y amado Padre de la Iglesia cristiana original.
El Concilio, bajo el total control del Emperador y en la ausencia del Papa, elaboró una serie de anatemas en contra de las tres escuelas de pensamiento a las que calificaron como heréticas, cuyas creencias Justiniano veía como enemigas de sus intereses políticos y que tenían a Orígenes como su teólogo más respetado.
El poder de Justiniano fue más que suficiente para hacer que su decisión personal de proscribir la reencarnación del canon cristiano prevaleciera por encima de las creencias del mismo Papa.
Los sucesores de Virgilio, incluyendo a Gregorio el Grande (590-604), aunque se ocuparon de diversos asuntos que surgieron a partir del quinto Concilio, no mencionaban en absoluto nada acerca de los conceptos de Orígenes relativos a la doctrina de la reencarnación.
Lo que Justiniano hizo, fue forzar la aceptación de su decisión personal a lo que parece ser meramente una sesión de obispos que nunca fue realmente un concilio, ya que no contó ni con la presencia ni con la aprobación del Papa.
Es a partir de entonces que la noción de la reencarnación desapareció del pensamiento cristiano.
Pero la reencarnación está presente y clara en muchas de las palabras de Jesucristo, y en la creencia de los judíos a quienes también iban dirigidas.

“Cuando descendieron del monte [después de la transfiguración], Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos. Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? Respondiendo Jesús, les dijo: Es cierto que Elías debe venir y que habrá de restaurar todas las cosas. Pero yo os digo: Elías ya vino y no lo reconocieron. Así también padecerá el Hijo del Hombre. Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista”.[1]

[1] San Mateo, Cap. 17: 9 a 13.

Si efectivamente Juan el Bautista era Elías, hubo, por tanto, reencarnación del Espíritu o alma de Elías en el cuerpo de Juan el Bautista.

Es muy explícito en este pasaje.

“Respondió Jesús [a Nicodemo] le dijo: En verdad, en verdad te digo que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y volver a nacer?

Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, Espíritu es. No te asombres cuando te digo: Os es necesario nacer de nuevo”.[1]

[1] Evangelio de San Juan. Cap. 3:3 a 7

En sus obras Josefo, el historiador judío, manifiesta su fe en la reencarnación y cuenta que esta idea era también aceptada entre los fariseos.
Muchas veces los apóstoles le preguntan a Jesús sobre ello. Los discípulos creían que se podía haber pecado en una vida anterior y Jesús participaba de esta creencia. No la rectifica sino que la explica.
Los libros sagrados de los hebreos afirman la reencarnación. Así el Talmud explica que el alma de Abel pasó al cuerpo de Set y después al de Moisés. El Zohar dice “Todas las almas están sujetas a la prueba de la transmigración.”. Y la Cábala expresa claramente: “Son los renacimientos los que permiten la purificación de los hombres”

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